Artículo de opinión: Schuszter Borka
Mi hija tiene siete años. No lleva las orejas perforadas y, por ahora, no parece que el tema le quite el sueño. Desde el principio intenté dejarle clara una sola cosa: si algún día quiere pendientes, no hay ningún problema, pero esa decisión será suya.
No lo digo para dramatizar, sino porque de verdad lo creo. Perforar las orejas no es una modificación corporal irreversible, pero sigue siendo una decisión sobre su propio cuerpo, y estoy convencida de que ese derecho le pertenece a ella, no a mí.
También le expliqué que el pinchazo se parece más o menos a un pinchazo rápido de aguja, no es un dolor insoportable. Pero, aun así, está totalmente bien si alguien prefiere no hacerlo.
Mi hija lo lleva con mucha naturalidad
El tema de los pendientes ha salido entre nosotras alguna que otra vez. Incluso ha mirado joyas. Pero siempre llegamos al mismo punto: en realidad no le interesa demasiado y el pinchazo le da miedo. Así que suele dar la conversación por zanjada.
Y yo lo acepto por completo. Es más, me parece especialmente importante que tenga claro esto: no tengo ninguna expectativa sobre ella en este asunto, ni en un sentido ni en el otro.
Muchas veces pienso en cuánto depende, en la crianza, de situaciones que parecen insignificantes. No creo que se pueda juzgar a un padre o a una madre por una sola decisión, ni que exista un único guion correcto. Más bien creo que es en estos momentos cotidianos, aparentemente sin importancia, donde los niños aprenden cómo funcionan sus propios límites y si los demás los respetan o no.
Lo que quiero es que mi hija entienda que, si desea algo en la vida, a veces hay que pasar por cosas que no son del todo agradables. Eso no es un castigo, es una consecuencia. Pero, al mismo tiempo, quiero que le quede claro que no tiene que hacer nada solo porque a otros les parezca «que quedaría bonito» o «que le sentaría genial».
Su cuerpo es suyo. No es mío, y no es de nadie más.
Pero hace poco este tema se convirtió, de repente, en un conflicto familiar
Y es que mi padre empezó a sacar el tema una y otra vez: que cuándo le iban a perforar las orejas a la niña. Al principio eran medias frases que parecían más una broma. Luego, cada vez de forma más directa. Al final ya hablaba abiertamente de que quería comprarle unos pendientes de oro y que, según él, ya iba siendo hora de «solucionarlo».
En un momento dado tuve que intervenir y le dije que eso no dependía de él. Si mi hija quiere, se los pondremos. Si no, no. Y también está perfectamente bien si nunca llega a querer pendientes.
Pensé que ahí quedaría la cosa. Pero no fue así.
Mi padre siguió insistiendo. Con cariño, con una sonrisa, como si todo fuera un entusiasmo inofensivo de abuelo. Que qué bonita se iba a poner, qué ilusión le haría elegirlos, qué alegría poder regalarle algo a su nieta.
Yo, en cambio, me sentía cada vez más tensa. Porque veía a mi hija sentada a su lado, escuchando, y aunque no decía nada, su cuerpo dejaba bastante claro que esa conversación no la hacía sentir cómoda. Y ahí fue cuando, para mí, todo dejó de tratarse de unos pendientes.
Le pregunté a mi padre que, si mi hija no quiere pendientes, para el disfrute de quién compraría entonces ese regalo.
Su respuesta no me sorprendió: a él le gustaría verla llevándolos.
Le dije que ese es precisamente el problema. Porque para mí un regalo no va de eso. No va de cumplir mi propio deseo a través de una niña, al margen de si ella lo quiere o no. Si mi hija no se alegra, entonces no es un regalo, sino presión, por muy envuelta que venga en frases amables.
Según mi padre, estoy exagerando. Para él son solo unos pendientes pequeños, sin ninguna importancia.
Puede que para él sea así. Para mí, en cambio, esta discusión nunca fue sobre los pendientes. Fue más bien sobre cómo un niño aprende qué significa un «no». Sobre quién decide sobre su propio cuerpo. Y sobre qué hacemos cuando alguien, con todo el amor del mundo, ejerce presión igualmente.
No quiero decidir por ella qué debe llevar, qué debe aguantar o a qué debe someterse. Y tampoco quiero que aprenda que hay que cruzar los propios límites por complacer a los demás. Aunque el precio de eso sea discutir con mi padre por unos pendientes imaginarios.
¿Por qué no dejar que los abuelos hagan este tipo de regalos?
Porque cuando un regalo depende de que el niño se ponga o soporte algo que no quiere, deja de ser un gesto de cariño y se convierte en presión. El detalle está bien; imponerlo, no.
¿A qué edad debería una niña decidir sobre perforarse las orejas?
Según la autora, lo importante no es tanto la edad como que la decisión sea realmente suya. Si la niña quiere, adelante; si no, también está perfectamente bien esperar o no hacerlo nunca.
¿No es exagerado convertir unos pendientes en un tema de límites?
La autora reconoce que para muchos puede parecer un asunto menor. Pero para ella, estos momentos cotidianos son justo donde los niños aprenden que su «no» cuenta y que su cuerpo les pertenece.
¿Cómo explicar a un familiar que no respeta esa decisión?
Dejando claro que no depende de él, que la elección es de la niña y que un regalo hecho para el disfrute del adulto, y no del niño, no es realmente un regalo.











