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Mito: no todas las madres esperan con ganas el inicio del curso escolar: 5 razones por las que no me gusta la vuelta al cole

Isabel Martínez5 min de lectura
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Mito: no todas las madres esperan con ganas el inicio del curso escolar: 5 razones por las que no me gusta la vuelta al cole — Familia
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Cada septiembre, entre madres empieza la gran conversación. Algunas agradecen que el caos del verano haya terminado, otras suspiran con drama ante los días sin niños, como si de repente se abriera un vacío profundo en sus vidas.

¿Yo? Estoy en algún punto intermedio.

El verano en casa es a veces idílico, a veces caótico. Hay momentos en que mi hija y yo estamos en perfecta sintonía y cada minuto es oro: baños improvisados, excursiones espontáneas o un helado entre semana solo porque sí… Gracias a mi horario flexible, puedo desconectar durante el día y trabajar por la noche. Pero también hay días en que, para ser sinceros, ambos agradeceríamos estar en casas separadas.

Aun así, si tuviera que elegir, la sensación de libertad del verano siempre gana al orden que trae el curso escolar. Este año sentí especialmente fuerte que no estoy esperando con ganas la vuelta al cole. De hecho…

Las 5 razones principales por las que septiembre es más un reto que un alivio para mí

El terror de madrugar

En verano no hay despertador. Nos quedamos en la cama hasta tarde y si la noche anterior nos acostamos a la madrugada, nadie nos llama para levantarnos (y yo tampoco tengo que hacerlo). Mi hija ya es lo suficientemente grande para entretenerse sola por la mañana, así que ese ritmo relajado es un tesoro para nosotros, y hasta nos contagia el aire mediterráneo aunque no salgamos del país.

Pero en septiembre llega el madrugón, y sus desventajas se notan incluso cuando vivimos cerca del colegio y no tenemos que quedarnos atrapados en el tráfico camino al trabajo. Solo el hecho de tener que levantarnos a tiempo ya le quita magia a las mañanas. Por mucho que intente empezar el día con optimismo, siempre echaré de menos la libertad de «levantarnos cuando despertamos».

El fin de la espontaneidad

El curso escolar impone un horario estricto, eso lo sabe cualquiera que haya ido al colegio o llevado a un niño a uno. Extraescolares, exámenes, clases particulares, deberes… y vuelta a empezar.

En verano puedo mostrarle a mi hija otra forma de vivir: diseñar, reorganizar, repensar o simplemente ralentizar nuestro día. Esa sensación de libertad desaparece en septiembre y queda la rutina, que para mí nunca ha sido muy acogedora. Sé que los niños necesitan estructura, pero cuesta dejar ir esa flexibilidad que es uno de los mayores regalos del verano.

La eterna historia de la lonchera

Recuerdo que de niña siempre nos daban el mismo bocadillo para la merienda, nos gustara o no. Nuestros padres sabían que si teníamos hambre, lo comeríamos o lo cambiaríamos, lo importante era que nos las arregláramos. Yo intento ser creativa, preparar meriendas variadas y decorarlas, pero las respuestas suelen ser “ya es aburrido” o “no estaba rico”. Cada tarde empieza la misma pregunta: “¿qué preparo para mañana?”, y ya me cansa de antemano.

No es una tragedia en mi lista, solo una de esas pequeñas molestias. El mundo no se acaba si tengo que preparar otra merienda, pero fue un alivio no escuchar el cierre de la lonchera durante tres meses.

El fantasma de la noche

Cuando mi hija practica deporte o va a extraescolares, a veces llega a casa tarde, ya entrada la tarde o noche. Para cuando cenamos y preparamos todo para el día siguiente, ya es de noche, especialmente en los meses fríos. No me sorprende que en esos momentos no tenga ganas de estudiar, así que esas noches empiezan con discusiones porque ambos estamos cansados.

En verano, en cambio, paseamos al atardecer, montamos en bici en las tardes frescas o hacemos barbacoas en el jardín. Es una sensación mucho mejor que el estrés del “examen de mañana”. Sé que estudiar es parte de la vida, pero muchas veces me sorprendo esperando más la puesta de sol de verano que la buena nota en la plataforma escolar.

El inevitable resfriado de septiembre

En los últimos años, ningún septiembre ha pasado sin que mi hija llegue a casa con resfriado o tos en las primeras semanas de clase. Por mucho que reforcemos su sistema inmunológico en agosto y le demos vitaminas naturales, este guion parece garantizado en casa. Este año, sin embargo, ya somos más previsores: hemos planeado nuestro viaje de septiembre con su papá para después de la primera ola de enfermedades, y así podemos dejarla tranquila unos días con sus abuelos.

Lo que he aprendido en estos años es que la vuelta al cole no se puede empezar con un gran suspiro de alivio; se necesita toda la energía y paciencia extra para arrancar.

Para mí, la vuelta al cole es más bien un largo camino estructurado que carece de la libertad del verano. Pero hasta que llegue el primer descanso, intento valorar cada pequeña alegría inesperada. Porque la verdadera belleza de la infancia y la maternidad está en esos momentos que no podemos planear en el calendario.

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