Artículo de opinión: Bárbara López
Cada año, cuando se acercan las vacaciones de verano, me asalta la misma pregunta: ¿cómo voy a gestionar estos dos meses y medio? ¿Con qué llenamos los días para que mi hija no se aburra, para que aprenda, para que tenga experiencias que recuerde? Conozco bien esa espiral de pensamientos, y sería deshonesta si dijera que la logística no me preocupa en absoluto.
Tenemos cierta ventaja: tanto el padre de mi hija como yo podemos trabajar desde casa, y su abuela jubilada también puede echar una mano. Aun así, organizar el verano sigue siendo todo un reto.
Pero hay algo que ya tengo claro: no voy a agobiarme intentando planificar cada día del verano.
Habrá planes, claro. Este año también nos escaparemos a la playa, porque el verano sin el olor a crema solar, los chiringuitos y los encuentros con amigas e hijos no sería lo mismo. Seguro que hacemos varias excursiones a la naturaleza, porque el campo tiene una manera especial de poner las cosas en su sitio. Y tenemos una tradición que repetimos cada agosto: salir de noche a ver las Perseidas, tumbadas en una manta, mirando las estrellas fugaces. El año pasado fue un éxito inesperado. Este año no nos lo saltamos.
Habrá momentos compartidos, aventuras y recuerdos. Lo que no habrá es la presión de que cada día tenga que ser irrepetible.
En qué consiste realmente la filosofía del "verano lento"
En que no hace falta llenar cada minuto. En que las horas vacías no son un fracaso, sino un regalo. Especialmente para los niños.
El aburrimiento tiene muy mala prensa. Tendemos a tratarlo como algo que hay que eliminar de inmediato. Pero el aburrimiento no es el enemigo: es un estado de transición que abre espacio a algo nuevo.
Cuando no hay un programa planificado, cuando no hay estímulos constantes, el niño se ve obligado a tirar de sus propios recursos. A inventarse un juego, a construir una historia, a explorar una idea.
Ahí es exactamente donde empieza a trabajar la creatividad.
Los días hiperorganizados rara vez dejan que ese proceso ocurra. Si siempre hay una "siguiente actividad", el niño nunca necesita ingeniárselas solo. A corto plazo, eso resulta cómodo. A largo plazo, empobrece ese mundo interior del que nacen las ideas, las soluciones y, con el tiempo, las verdaderas pasiones.
¿Quieres entender mejor cómo el aburrimiento puede convertirse en una herramienta de aprendizaje? Esto es lo que aprenden los niños cuando se les deja aburrirse.
Pero esto no va solo de los niños
Nuestro sistema nervioso tampoco está diseñado para recibir estímulos de forma continua. Los calendarios llenos, la organización constante y la presión de estar siempre "presentes y activos" nos mantienen en un estado de alerta permanente. Aunque se trate de cosas buenas, el ritmo en sí mismo agota.
Los días más tranquilos, en cambio, nos dan la oportunidad de regularnos: el cuerpo y la mente pueden volver a encontrar un ritmo más sereno.
No es un proceso vistoso. No aparece en ninguna lista de tareas completadas y no genera fotos espectaculares para compartir. Pero se nota.
Un desayuno sin prisas. Una tarde que pasa "sin más". Una noche sin plan concreto en la que, sin embargo, ocurre algo: una conversación, una carcajada compartida, un juego espontáneo.
Curiosamente, esos momentos suelen unirnos más que las experiencias cuidadosamente organizadas. Quizás porque no hay expectativas. No tienen que "salir bien". Solo hay que dejar que sucedan.
El verano lento no significa el verano vacío
La filosofía del verano lento no es la ausencia de planes. Es, más bien, una cuestión de proporción. De dejar espacio también para la nada.
Porque esa "nada" es, en realidad, muchísimo. Probablemente más de lo que podemos imaginar entre folletos de campamentos, conciertos al aire libre y billetes de avión.
Este verano, me permito el lujo de no tenerlo todo organizado. Y creo que tanto mi hija como yo lo agradeceremos.











