Parece que a nivel verbal muchos nos distanciamos de la política, pero en los hechos valoramos marcar esa X tan importante. Entonces, ¿por qué elegimos el silencio en público cuando detrás del telón tenemos opiniones muy claras sobre el mundo?
La ilusión de "no politizar"
Con frecuencia escucho en mi entorno, en charlas con amigos o en el parque, que alguien simplemente no politiza porque “no le interesa” o porque “prefiere mantenerse alejado del ruido público”.
Me duele ver cuando adultos, padres responsables de sus familias y su futuro, deciden conscientemente excluir estos temas del diálogo.
Recuerdo vívidamente cuando una de mis amigas más antiguas —que ya estaba en sus treinta y era mamá— me pidió que ni siquiera mencionáramos la política porque no le interesa en absoluto. Esa frase me tocó profundamente y me decepcionó, porque quiero compartir mis pensamientos con quienes más cerca están de mí. Además, como mujer siento que debo honrar a quienes lucharon por mi derecho a votar, y no dar por sentado el silencio, sino aprovechar la libertad de elegir.
Entiendo también la distancia. En los últimos años hemos recibido una avalancha de indignación y división en las noticias que ha llevado a muchos a buscar refugio y proteger su paz interior.
Sin embargo, vale la pena recordar que la política no es solo las discusiones que vemos en las noticias, sino está presente en cada rincón de nuestra vida.
La política es una realidad que sentimos en nuestra piel, no un concepto lejano y abstracto. Es política decidir a qué centro de salud llevar a los niños y cuánto tiempo de espera o qué atención recibirán. También es política cuando en la reunión de padres se habla de la situación de los profesores o la calidad educativa, y nos afecta profundamente lo que sucede con nuestros impuestos.
Cuando salimos de casa por la mañana, nuestro ánimo, sensación de seguridad y visión del futuro están moldeados por decisiones que tomamos juntos como sociedad. Por eso, el distanciamiento total es solo un deseo, no una realidad.
La actividad inesperada
Es curioso notar que hoy en día, en el mundo online o en debates acalorados, solo las opiniones extremas parecen tener voz, mientras que quienes buscan un camino equilibrado parecen invisibles. Esta división puede ser una estrategia política o un efecto de los tiempos modernos, pero lo cierto es que a menudo no sabemos qué piensan esos amigos que evitan las peleas ruidosas.
Sin embargo, la participación electoral más reciente superó todas las expectativas, demostrando claramente que el silencio no es indiferencia. Muchos que pensé que no saldrían de casa estuvieron en las urnas, lo que significa que tienen opinión y desean cambio o estabilidad, solo que no se sienten seguros para hablar abiertamente.

¿Por qué tememos a las palabras?
La pregunta es: si nuestro futuro común es tan importante, ¿por qué tememos el diálogo? ¿Será el miedo al rechazo o que una conversación pueda dañar nuestras relaciones?
Estamos acostumbrados a que quien piensa diferente no es un interlocutor, sino un enemigo, y eso bloquea la conexión sincera.
Pero el verdadero avance vendría si nos atrevemos a escuchar al otro sin juzgar de inmediato y descubrimos que bajo la superficie hay mucho más en común de lo que los titulares estridentes sugieren.
La participación récord me muestra que, aunque aún buscamos las palabras, nuestro sentido de responsabilidad está muy vivo. Si logramos traer nuestras opiniones desde la soledad de la cabina al espacio comunitario —ya no con ira, sino con curiosidad y respeto—, entonces la política dejará de ser una palabra maldita y será una herramienta en nuestras manos. Justo para lo que sirve.











