Antes de que alguien piense otra cosa, quiero decir que me siento muy bien conmigo misma. Más cerca de los 40 que de los 30, sigo creyendo que estoy en forma, alegre, me mantengo bien, y no me sorprende en absoluto que veinteañeros me miren en la calle. No creo que una mujer empiece a decaer después de los 25, que pierda su atractivo o que su “valor” disminuya. Pero es cierto que cambiamos, y las patas de gallo, las ojeras y las manchas solares que aparecen aquí y allá no tienen otra razón más que no andar por la vida con un filtro en la cara.
Me parece increíble que, gracias a las redes sociales que ignoran la realidad y a los anuncios con mundos perfectos y retocados, haya quienes se sorprenden de que nosotras, las mujeres, no nos levantemos cada mañana con una piel impecable. Sí, nuestra piel pierde colágeno con el tiempo, eso lo aprendimos bien en los anuncios, pero también parece que creímos que con una crema basta para detener el paso del tiempo.
Así que si la piel de alguien no está perfecta, seguro hay una explicación. Solo necesita una buena noche de sueño, una crema hidratante o un gran vaso de agua, y todo volverá a su lugar, porque ahora mismo no está bien. Este estado, tal cual, no puede quedarse así.

Creo firmemente que podemos hacer mucho para estar en nuestra mejor forma, y sí importa lo que comemos, cuánto nos movemos y si cuidamos tanto nuestro cuerpo como nuestra mente.
Mitos de belleza vs. realidad
Pero hay una gran diferencia entre no descuidarse y aceptar la realidad. A los 40 se puede lucir genial, pero no vamos a vernos a los 40 como a los 20. Algunos estarán más cerca que otros, pero todos envejecemos, y ni las cremas milagrosas, ni los tratamientos carísimos, ni las cirugías pueden cambiar eso. Y no hay nada malo en ello.
No hay que pedir disculpas ni dar largas explicaciones, ni prometer que con una buena noche de sueño mañana no estaremos así, cuando sabemos que sí: mañana seremos un día más viejas.
Así que, aunque seguiré usando mi mascarilla facial, mi contorno de ojos, cuidando mi sueño y manteniendo mi rutina de ejercicio, si alguien me pregunta otra vez por qué me veo cansada o con arrugas, le diré que es porque ya no tengo 16 años. Lo que ven no es un “error” que yo deba arreglar, ni algo que deba corregir —de hecho, debería hacerlo— sino un estado. Se llama vida, y deja huella en todos. Y yo, a pesar de todo, estoy agradecida por la mía.











