Cada cierto tiempo vuelve a la conversación pública la idea de que sin perdón no hay paz posible, y la frase suena bonita hasta que una la aplica a su propia vida: a la hermana que dijo aquello en la comida de Navidad, al amigo que desapareció cuando más falta hacía, a la madre que nunca reconoció nada. Entonces el perdón deja de ser un concepto elevado y se convierte en un nudo muy concreto en el estómago. Llevo años escuchando a mujeres que se sienten culpables por no lograr perdonar, como si fuera un interruptor que se pulsa con buena voluntad. No lo es. Es un proceso, y tiene pasos.
Lo que perdonar no significa
El primer obstáculo es que confundimos perdonar con cuatro cosas que no son. No es olvidar: la memoria no se borra por decreto y, además, recordar te protege. No es justificar: entender por qué alguien actuó así no convierte el daño en aceptable. No es reconciliarse: puedes soltar el rencor y seguir sin invitar a esa persona a tu casa. Y no es callar: hay quien llama perdón a tragarse todo para que no se note la grieta en la mesa familiar. Eso no es perdón, es aplazamiento, y suele estallar años después por un motivo aparentemente ridículo.
Cuando separas esas cuatro ideas, el perdón se vuelve mucho más manejable, porque deja de exigirte que finjas. Lo único que se te pide es dejar de alimentar el enfado a diario. Nada más y nada menos.






