Estos días ha vuelto a circular una conversación sobre un actor muy querido del cine español y sobre lo que decían de él quienes trabajaron a su lado: que, quisieras o no, cerca de él acababas comportándote un poco mejor. La frase se queda pegada porque todas conocemos a alguien así. No es la persona más simpática del grupo ni la que más habla. Es esa a cuyo lado te oyes a ti misma eligiendo mejor las palabras, terminando lo que empezaste y diciendo la verdad aunque sea incómoda.
No te exigen nada: te tratan como la versión que todavía no eres
El mecanismo es bastante sencillo y no tiene nada de místico. Estas personas se dirigen a ti dando por hecho que eres seria, capaz y honesta, y esa presunción actúa como una especie de invitación silenciosa. Cuando alguien te pregunta por aquel proyecto que mencionaste hace tres meses, no te está vigilando: te está diciendo que para ella eres alguien que hace las cosas. Y cuesta mucho más defraudar esa mirada que romper una promesa hecha en voz alta.
Suelen tener, además, un detalle que las delata: no participan en la conversación fácil. Si el grupo empieza a despellejar a un ausente, cambian de tema sin dar un sermón; si alguien exagera un mérito, no lo desmontan en público. Esa discreción eleva el nivel del aire que se respira alrededor. No hay reproche, pero tampoco hay público para lo mezquino, y eso basta para que casi todos moderemos el tono.





