Si pasamos solo 15 minutos en los rincones adecuados de internet, podemos sentir que la felicidad se ha convertido en una especie de santo grial digital. Donde sea que deslicemos, supuestos mentores, coaches de vida y psicólogos de sofá aseguran que te ayudarán a encontrarla. Y luego te dicen cómo ser feliz de una vez por todas. Como si la felicidad fuera un conocimiento secreto e inalcanzable que llega en un boletín bien escrito o un video motivacional.
Pero si hay tanta demanda de guías para la felicidad, ¿no será señal de que muchas personas no la encuentran? Y si tantos la buscan, surge la pregunta: ¿es realmente tan difícil de hallar? Entonces, ¿dónde está la felicidad?
Cuando estaba en el instituto, compartía habitación en la residencia con siete chicas más, pero la pared junto a mi cama, ese espacio de unos dos metros cuadrados, era solo mío. Allí tenía pósters de mis bandas favoritas, fotos de mis amigos y una cita de Lev Tolstói: “Si quieres ser feliz, sé.”
Me encantaba esa frase. A los dieciséis años sentí que había descubierto el sentido de la vida con ella. Como si la felicidad fuera solo una decisión: un gesto matutino, como cuando alguien decide si se ata el pelo en una coleta o lo deja suelto. Entonces creía que todo era así de simple.
Ahora, con 37 años, veo que la vida es mucho más compleja, complicada y a veces difícil de lo que pensaba de adolescente. Muchos creen que la adultez traerá seguridad emocional, estabilidad y calma, pero en realidad solo aprendemos a temer, esperar, luchar y alegrarnos de otra manera. Sin embargo, mi relación con la cita de Tolstói no ha cambiado de forma extraña.
Sigo pensando que la felicidad, en última instancia, es una cuestión de decisión, y todo lo demás solo puede ser un apoyo. Sigo creyendo que, aunque podemos hacer mucho por nuestro bienestar físico y mental, ni todas las meditaciones matutinas ni el agua con jengibre y limón del mundo nos salvarán de tener días en que las cosas no salen como esperamos.
Como perder el autobús justo delante de nosotros. Que alguien a quien queremos se enferme, o que seamos nosotros mismos. Perder un trabajo, una oportunidad, una relación. O simplemente levantarnos y sentir que hoy algo no encaja, sin saber por qué.
La felicidad no es tener siempre un buen día. Porque esa vida no existe. Y tampoco es que todos nuestros deseos se cumplan. Porque eso tampoco pasará jamás.
La felicidad es más bien no depender completamente de las circunstancias. Poder valorar lo que tenemos, incluso cuando sabemos bien lo que falta. Reconocer que la vida no es una lista constante de logros, ni un video perfecto de TikTok donde todo sale bien y la luz siempre cae desde el ángulo justo.
La felicidad es mucho más una actitud.
En lo profundo de internet y en las estanterías de los libros de autoayuda se escriben novelas sobre cómo encontrar la felicidad. Pero quizás ese es el problema. Tal vez, mientras gastamos toda nuestra energía buscándola, no nos damos cuenta de que siempre estuvo aquí.
Quizás la felicidad nunca estuvo escondida. Solo que todo lo demás —los consejos, las expectativas, los miedos, las metas— es tan ruidoso que olvidamos escucharla. Quizás no hace falta nada nuevo ni extraordinario. Solo un momento para detenernos, mirar alrededor y decir: nada me impide ser feliz. Así que me permito serlo.











