Hay frases que quizá no se dijeron muchas veces de niños, pero se quedaron grabadas. No siempre las escuché de mis padres, sino de familiares, profesores u otros adultos, pero su impacto fue duradero.
Me tomó años entender por qué las decían y aún más aceptar que en ciertas situaciones solo intentaban ocultar su propia impotencia. Hoy, como madre, sé lo fácil que es caer en ellas en un momento de cansancio y cómo se desvanecen los principios tras un día tenso. Pero hay frases que jamás quiero transmitir. No para culpar a quienes las dijeron, sino porque creo que hay formas más amorosas y conscientes de poner límites y enseñar.
«Mientras vivas en mi casa…»
Esta frase seguro te suena familiar. De niña siempre sentí que significaba: “no tienes voz en lo que te pasa”, que lo que pienso o siento vale menos porque al final el adulto tiene la última palabra. (Por cierto, ni siquiera podría decirla hoy, porque mi hija es tan directa y lista que no se la dejaría pasar.)
Como adulta, creo que la familia es una comunidad donde estamos para apoyarnos, no una jerarquía. Cuando hablo con mi hija, intento que entienda que sus decisiones también importan.
Le digo: “Cuida todo bien porque cuando ya no estemos, esto será solo tuyo”. Como a ella le gusta cuidar sus cosas, eso siempre funciona. Así que siento que transmito el mismo valor, pero desde el amor y la colaboración, no desde el poder.
«Porque yo lo digo, y punto.»
Este tema me cuesta porque a veces siento que es necesario marcar límites claros y no puedo permitir que después de explicar algo tres veces, siga habiendo preguntas o discusiones que pongan en duda mi autoridad. A veces hay que decir: soy el adulto, tengo más experiencia y veo mejor la situación. Pero si se usa demasiado “porque yo lo digo”, se crea un muro invisible entre padre e hijo. El poder gana, pero se pierde la comunicación y la comprensión.
Sé que es fácil decirlo cuando hay discusiones o cuando intentan probar sus límites, pero también sé que explicar el porqué aporta mucho. Las decisiones compartidas y las reglas acordadas no debilitan la autoridad, sino que fortalecen la relación.
«Si no dejas de llorar, yo te daré motivos para hacerlo.»
De niña no entendía cómo podían regañar a alguien por llorar. Hoy sé que los adultos muchas veces no temen al llanto, sino a su propia impotencia, y dicen esto porque no saben cómo manejar la vulnerabilidad ni la necesidad de cuidado. Pero quiero que mi hija nunca sienta vergüenza por sus emociones. Que sepa que llorar está bien, a veces es necesario, y que no siempre hay que ser fuerte, porque la verdadera fortaleza está en conectar con los demás. Claro, a veces yo también le decía “no llores” o “cálmate” sin darme cuenta, hasta que aprendí a corregirlo con un “entonces hablemos de lo que te pasa”.
«Si te caes, hasta te daré una bofetada.»
En este aspecto creo que hemos avanzado mucho, y me gusta pensar que es un cambio generacional. Para mí, el castigo físico es impensable, especialmente con mi propio hijo. En la mayoría de los casos, equivocarse ya enseña suficiente, y si se lastiman un poco al ignorar nuestras advertencias, quizás aprendan a escucharnos. El miedo no enseña, solo cierra puertas; la empatía abre caminos, y eso es lo que quiero transmitir.
Después de todo esto, debo decir que no me engaño pensando que mi hija crecerá y dirá: “Mamá, fuiste perfecta.” Sé que algo quedará marcado: una frase, un mal día, un momento en que no estuve a la altura. Pero si nada más, espero que recuerde que siempre lo intenté y que la amé incondicionalmente en cada situación.











