Por ahora, el mundo digital es solo una pequeña parte de nuestra vida, pero sé que llegará el día en que dejemos atrás la fantasía de las plataformas online y tendré que explicarle a mi hija que no todo en la pantalla es lo que parece. Sobre todo desde que, gracias a la inteligencia artificial, vemos lo que queremos —o lo que otros quieren que veamos. Y esa realidad —que ella crecerá en un mundo que yo apenas entiendo—, lo admito, da miedo. Tengo que prepararla para algo para lo que quizá yo misma no estoy lista.
El nuevo generador de imágenes AI de Google ha desatado un intenso debate en internet.
En redes sociales se viralizaron ejemplos de “fotos” realistas de eventos que nunca ocurrieron, escenas históricas manipuladas y momentos fabricados con celebridades —todo con un solo comando. No en un guion de ciencia ficción, sino en tiempo real.
Es comprensible la preocupación: ¿qué pensar de un mundo donde no podemos creer en lo que vemos?
Como madre que recuerda la primera cámara digital y hasta las fotos fantasma analógicas, me inquieta: ¿cómo enseñar percepción de la realidad en una época donde esta casi no se diferencia de un comando que alguien escribió con alguna intención en una plataforma?

Los niños de hoy no crecen con falta de información, sino con exceso de información. En mi infancia, un rumor tardaba días en recorrer la escuela. Hoy, una imagen malintencionada generada por IA puede cambiar la opinión pública en minutos. Es fácil imaginar los fines dañinos a nivel micro o global, pero cómo protegerse aún me cuesta visualizar.
Hasta ahora, verificar hechos era un juego claro: fuente, fecha, contexto. Pero ahora ni siquiera una imagen es prueba. Si para mí, adulto, es difícil distinguir lo real, para mi hija será aún más complicado —sobre todo cuando la cultura visual se incline hacia la estética creada por IA.
Confieso que a veces siento que el pánico sobre la inteligencia artificial es exagerado: cada salto tecnológico ha generado temores similares.
Pero este cambio no solo trae nuevas herramientas, sino también nuevas incertidumbres. La pérdida de certeza visual.
La sensación de que algo no es seguro aunque lo veamos con nuestros propios ojos, y que aun así habrá quienes sigan creyendo solo en lo que ven.

¿Cuál es mi tarea como madre en todo esto? Quizá no tener respuestas infalibles ni absolutas. No es posible. Más bien, enseñarle a dudar: la duda no es debilidad, es estrategia para sobrevivir. Que cuestione el mundo que ve en pantalla, las opiniones y las noticias. De hecho, el pensamiento crítico será su mejor arma.
No soy experta en IA y probablemente nunca lo seré. Pero soy mamá, y eso significa que debo ir un paso adelante de mi hijo, o al menos a su lado. No puedo ignorar el avance tecnológico ni decir que no me importa, porque eso la dejaría sola en un terreno desconocido y peligroso. La inteligencia artificial no reemplaza el sentido común, las conversaciones y el pensamiento crítico. Por más que la IA facilite la vida, hay cosas para las que debo preparar a mi hija.











