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Soy una mujer independiente, pero a veces eso pesa más de lo que crees

Schuster Borka4 min de lectura
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Soy una mujer independiente, pero a veces eso pesa más de lo que crees — Estilo de vida

Durante mucho tiempo estuve orgullosa de resolver todo sola. De poder contar conmigo misma, de no venirme abajo ante las dificultades y de mantenerme firme sobre mis propios pies. Una vez arreglé la lavadora de una amiga, que me preguntó sorprendida: “¿Cómo sabes hacer estas cosas?” “No lo sé” – respondí – “Si nadie lo hace por ti, supongo que simplemente aprendes.”

Ser independiente es un valor, pero en el fondo siempre supe que esta independencia no era un don natural conmigo desde el nacimiento. Más bien, era una estrategia de supervivencia que aprendí de niña y que aún no he logrado dejar atrás.

Como muchos niños con al menos un padre con alguna adicción, yo también viví la parentificación. Este fenómeno ocurre cuando los roles de padre e hijo se invierten: el niño asume el papel de adulto cuidador y emocionalmente estable, aunque él mismo necesita apoyo, seguridad y una presencia confiable.

Un niño parentificado no puede permitirse sentir inseguridad o miedo infantil; en cambio, asume responsabilidades, carga con emociones pesadas y crece demasiado rápido en roles que no corresponden a su edad.

Esta dinámica no desaparece sin dejar huella. La parentificación es un trauma con muchas consecuencias a largo plazo: exceso de responsabilidad, necesidad constante de agradar, estar siempre alerta, reprimir emociones, no saber pedir ayuda o no creer que otros estarán ahí cuando se necesite. Entre quienes lo sufren es común la ansiedad, el agotamiento, la tensión constante o la creencia profunda de que “no puedo permitirme ser débil”.

Aunque es una carga pesada, como muchas personas que superan traumas, logré sacar provecho de algunas habilidades que desarrollé para sobrevivir. La independencia es una de las más valiosas. Al no poder contar con nadie de niña, de adulta no me cuesta cuidar de mí misma. Aprendí a mudarme sola, a manejar mi vida y a tomar decisiones sin miedo. Sé que, pase lo que pase, puedo resolverlo.

Pero llega un momento en que la independencia deja de ser fuerza y se vuelve un obstáculo. Me tomó tiempo entender que mi independencia muchas veces es una forma de protegerme.

Tenía tanto miedo de depender de otros —porque de niña eso fue lo que más dolor me causó— que de adulta ni siquiera pido ayuda a quienes sería natural acudir. Me cuesta compartir mis miedos con mi pareja. No digo en el trabajo cuando tengo demasiadas tareas. Ni siquiera cuento a mis amigos cuando algo me preocupa. Prefiero resolver todo en silencio, sola, para no ser una carga.

Pero a largo plazo, esto tiene efectos dañinos. Controlar las emociones todo el tiempo puede llevar al agotamiento, los miedos reprimidos pueden convertirse en ansiedad y la soledad se infiltra sin que uno se dé cuenta, incluso estando en pareja o con amigos confiables. Si nunca me permito ser débil, insegura o vulnerable, tampoco doy espacio para que otros se conecten conmigo de verdad. Así se construye un muro invisible que no protege, sino que aísla.

Me tomó años aprender qué hacer para cambiar esto. Primero, reconocer que pedir ayuda no es debilidad, sino conexión, y que eso puede fortalecer nuestras relaciones. Luego, practicar con pequeños pasos: compartir un miedo pequeño, decir cuando algo molesta, pedir algo cotidiano. La terapia, el autoconocimiento y la práctica en las relaciones ayudan a entender que no todo apego es peligroso ni todo acercamiento duele.

Yo sigo trabajando en esto. Mi pareja, mis amigos y mi terapeuta son un gran apoyo en este camino.

Estoy orgullosa de mi independencia y no quiero renunciar a ella. Pero espero el día en que no sienta que debo hacerlo todo sola. Que sepa que no estaré en peligro si pido ayuda. Porque quienes me quieren no solo aceptan, sino que llevan conmigo mis cargas con gusto.

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