Artículo de opinión: Schuszter Borka
Durante mucho tiempo creí que si todo parecía estar en orden por fuera, por dentro tampoco podía haber nada grave. Si avanzaba en el trabajo, si tachaba tareas de la lista, si llegaban los elogios… entonces mi vida iba bien. Claro que a veces estaba agotada, que cada vez me costaba más encontrar alegría en mis logros, y que levantarme de la cama por las mañanas se había convertido en una carga. Pero alguien que no está bien no puede mantener su vida entera, ¿verdad? Y yo, aparentemente, podía. Así que todo estaba bien. ¿O no?
El rendimiento puede ser un refugio muy convincente
Da estructura, da marco, y sobre todo: da retroalimentación. Si haces algo bien, recibes reconocimiento. Es un sistema muy claro, especialmente comparado con lo que ocurre dentro cuando algo no funciona. Ahí no hay una causa y efecto evidente, no hay soluciones rápidas, y muchas veces ni siquiera hay palabras para describir lo que sientes.
Desde pequeña aprendí que, incluso en medio del caos total, se puede mantener el foco. Más aún: que ese foco puede desviar la atención de todo lo demás que se está desmoronando. Así que seguí haciendo lo que siempre había hecho. Trabajé más, acepté un proyecto más, subí el listón de mis propias exigencias. Y mientras cumplía en todos los frentes, la falta de tiempo para preguntarme cómo estaba yo me daba un falso alivio.
La señal de que necesitaba ayuda llegó en uno de esos días repletos de tareas, justo cuando sabía que tendría que ponerme delante de mucha gente y hablar.
Antes de esa presentación profesional, me derrumbé por completo. Estaba llorando en el suelo del baño, respirando con dificultad, sintiendo cómo el pánico recorría todo mi cuerpo.
Y entonces llegó el momento de salir de casa. Como un robot, me sequé las lágrimas, me vestí y di una de las mejores presentaciones de mi vida.
Estoy segura de que nadie en la sala dudó de mi profesionalidad. La confianza aparente y la sonrisa aguantaron hasta que la puerta se cerró detrás de mí. En ese momento, como si alguien hubiera pulsado un interruptor para apagar el robot, volví a encontrarme en el suelo, llorando hasta el amanecer. Sin ningún motivo especial. Simplemente sentía que estaba completamente quemada.
La depresión no siempre es visible. No siempre se parece a lo que imaginamos. A veces encaja perfectamente en una vida productiva, organizada y aparentemente exitosa. De hecho, a veces es precisamente el rendimiento lo que la sostiene. Porque mientras estás haciendo cosas, no tienes que enfrentarte a lo que hay debajo de la superficie.
Cuando el mecanismo dejó de funcionar
En mi caso, todo esto funcionó hasta que, de repente, dejó de funcionar. Fue entonces cuando acudí a una psicóloga.
Hoy intento mirar mis días de otra manera. Sigo sin creer que el rendimiento sea algo malo o innecesario, porque no lo es. Es bueno avanzar, crear, ver resultados. Pero ya no lo confundo con el bienestar.
Ahora lo uso más bien como una señal. Cuando todo va bien, detrás del rendimiento están la energía, la curiosidad y la alegría. Pero cuando estas desaparecen, da igual lo que muestres hacia afuera: algo está desequilibrado. Y en ese momento hay que actuar, sí o sí.











