Artículo de opinión: Borka Schuster
Hay una verdad incómoda que tuve que aceptar con el tiempo: a veces aprendemos más de las personas que no soportamos. Es más, en ocasiones son ellas quienes nos enseñan las lecciones más importantes.
Al fin y al cabo, todo el mundo sirve para algo. Y si no es para otra cosa, al menos como ejemplo de lo que no queremos ser.
1. No todos le dan tantas vueltas a las cosas, y quizá en eso tienen razón
Siempre me ha fascinado ver a alguien lanzarse a algo sin apenas dudar. Se presenta a un trabajo, busca una oportunidad, defiende su opinión o simplemente afirma: «esto lo puedo hacer».
Mientras tanto, yo muchas veces sigo buscando defectos en mí misma incluso cuando en realidad ya estoy lista para dar el paso.
He conocido a gente que, en mi opinión, no destacaba especialmente en lo profesional y aun así llegó mucho más lejos que otras personas con más talento. Durante mucho tiempo eso me molestó. Después me di cuenta de que tenían algo que a mí me faltaba: creían en sí mismos.
No tenían éxito porque fueran mejores que yo, sino porque no pasaban horas cuestionándose si eran lo bastante buenos.
Si alguien a quien no considero especialmente inteligente o talentoso es capaz de apostar por sí mismo con seguridad, quizá yo tampoco debería buscar pruebas antes de cada paso para demostrar que merezco estar donde estoy.
2. A veces hay que aprender a decir que no
Hay personas con una capacidad asombrosa para defender sus propios intereses. A primera vista suele parecer egoísmo, y está claro que todos conocemos a alguien en quien se trata exactamente de eso: puro egoísmo.
¿Por qué no ayuda? ¿Por qué no asume una tarea más? ¿Por qué dice con tanta facilidad que eso no le entra en la agenda?
Pero, aunque no tengamos que volvernos egoístas, sí podemos aprender de estas personas a poner nuestros propios límites.
Quienes tendemos a complacer a todo el mundo solemos creer que ser amable significa estar siempre disponibles. Pero también se puede ser servicial sin ignorar por completo nuestras propias necesidades.
No todos los «no» son egoístas. Algunos tienen toda la razón de existir.
3. La visibilidad también importa
Antes pensaba que bastaba con hacer bien mi trabajo. Si alguien hace algo valioso, tarde o temprano lo notarán.
Pues resulta que no siempre lo notan. En cambio, quien alza la voz sí llama la atención de los demás.
Esto lo aprendí sobre todo de personas que, en mi opinión, hablaban demasiado de sí mismas. Que compartían cada pequeño logro, que contaban sin ningún reparo en qué eran buenas y que nunca dejaban que su entorno olvidara lo que habían aportado.
Al principio puede resultar irritante.
Pero, al mismo tiempo, hay algo ahí que vale la pena aprender. Trabajar en silencio no garantiza automáticamente el reconocimiento. A veces también nosotros tenemos que reivindicar nuestros propios logros.
Y eso no es necesariamente presumir. Puede ser, sencillamente, aceptar que lo que hacemos tiene valor.
4. No hace falta gustarle a todo el mundo
Quizá esta fue la lección que más me costó aprender.
Hay personas que simplemente no quieren complacer a todo el mundo. No se justifican constantemente ni intentan a toda costa caerle bien a todos.
Durante mucho tiempo lo vi como pura arrogancia.
Hoy lo entiendo de otra manera: hay una forma de libertad en aceptar que no se puede resultar simpático para todo el mundo.
Claro que importa cómo tratamos a los demás. La empatía y el respeto son fundamentales. Pero, a la vez, es imposible vivir intentando controlar la opinión de cada persona. Y esa también es una experiencia importante.
¿Por qué aprendemos tanto de personas que no nos gustan?
Porque suelen tener rasgos que a nosotros nos faltan, como confianza en sí mismas o la capacidad de poner límites. Observarlas, aunque nos irriten, revela lecciones que no veríamos de otro modo.
¿Aprender a decir que no significa volverse egoísta?
No. Poner límites no es egoísmo: es cuidar de nuestras propias necesidades sin dejar de ser amables. No todos los «no» nacen del egoísmo; muchos son sanos y necesarios.
¿Reivindicar mis logros es presumir?
No necesariamente. Hacer visible nuestro trabajo puede ser simplemente aceptar que tiene valor. Trabajar en silencio no garantiza el reconocimiento que merecemos.
¿Cómo dejar de intentar gustarle a todo el mundo?
Empieza por aceptar que es imposible caerle bien a todos. La empatía y el respeto siguen siendo importantes, pero controlar la opinión de cada persona resulta agotador e inútil.











