Cada agosto pasa lo mismo: alguien comparte una foto de agua turquesa entre pinos y acantilados de la costa alicantina, se llena de comentarios preguntando dónde es, y al fin de semana siguiente esa cala minúscula tiene cola de coches en el camino de acceso. La zona de Jávea, Moraira, Dénia o el Cabo de la Nao vuelve a estar en boca de todos, y la pregunta que de verdad importa no es cuál es la cala más bonita, sino cómo llegar a una cala bonita sin acabar de mal humor. Después de muchos veranos de mochila, nevera pequeña y despertador temprano, te cuento el método que a mí me funciona.
La regla del reloj: el mar tiene horas buenas y horas imposibles
En una cala pequeña la diferencia entre paz y agobio se mide en minutos. Antes de las nueve y media de la mañana el aparcamiento suele respirar, el agua está quieta y hay sombra natural en la parte del acantilado. A partir de media mañana empieza el trasiego, y entre la una y las cinco se junta todo: familias que llegan, familias que se van, coches maniobrando en caminos estrechos y el sol en vertical, cuando menos apetece estar en una playa de grava sin sombra.
Mi horario favorito es el otro: llegar a las seis de la tarde. Se van los que llevan desde la mañana, la luz se pone dorada, el agua está en su punto más templado del día y puedes quedarte hasta que empiece a caer el sol. Llévate en ese caso una linterna pequeña o el móvil bien cargado, porque los senderos de bajada no siempre están iluminados y las piedras resbalan más de lo que parecen.
Elige por acceso, no por foto
Las calas que salen en las fotos suelen ser las que tienen aparcamiento cerca. Si estás dispuesta a andar quince o veinte minutos por un sendero, el número de gente cae en picado. Busca en el mapa las entradas de mar sin carretera directa, con caminos peatonales entre pinos, y comprueba la ruta a pie antes de salir: pendiente, sombra y si hay escaleras o bajada de tierra.
Segundo filtro, poco romántico pero decisivo: el viento. Muchas calas de esta costa quedan orientadas de manera que un día de levante llena el agua de algas y remueve el fondo, mientras otra cala a diez minutos está como un plato. Mira la previsión de viento, no solo la de sol, y ten un plan B a poca distancia. Tercer filtro: el suelo. Si es de canto rodado, unas sandalias de agua o escarpines cambian la experiencia por completo, sobre todo si vas con niños o con las rodillas ya con kilómetros.
Lo que sí cabe en la mochila (y lo que sobra)
La cala tranquila casi nunca tiene chiringuito, y eso es parte de su encanto: significa que tienes que ir preparada. Mi equipo básico es agua más de la que crees que vas a beber, congelada a medias en una botella para que aguante fría; sombrilla ligera o un pareo grande que se pueda atar; crema solar aplicada antes de salir de casa y repuesta cada par de horas; una bolsa para tu basura y, si te apetece un gesto extra, para la que encuentres.
De comer, cosas que no sufran con el calor: tortilla de patata bien cuajada, tomate aliñado en un táper hermético, fruta dura como melocotón o manzana, pan y queso curado. Deja en casa lo que lleve mayonesa, nata o pescado crudo. Y una toalla de más para envolver la nevera: hace de aislante y ocupa nada.
¿A qué hora se llena de verdad una cala pequeña?
Depende del tamaño del aparcamiento más que del tamaño de la cala. En agosto, las plazas cercanas a una cala pequeña suelen agotarse a media mañana, y desde ese momento el ambiente cambia: gente buscando sitio, coches en doble fila y la sensación de que hay que ganarse cada metro de arena. Si no puedes llegar temprano, ve directamente a última hora de la tarde: el vaciado es rápido y sobre las siete puedes tener una de las mejores versiones del día.
¿Merece la pena ir en coche o es mejor combinar transporte y caminata?
Si tu cala está a más de veinte minutos andando de un pueblo con servicio de autobús, el coche facilita mucho la logística de nevera, sombrilla y toallas. Pero cuando el acceso es estrecho y sabes que habrá lío, aparcar en el pueblo y hacer el último tramo a pie o en bici suele salir más barato en nervios que en gasolina: llegas sin haber dado veinte vueltas y te vas cuando quieras, no cuando se despeje el camino. La versión híbrida, aparcar lejos y caminar el último kilómetro, es la que yo repito casi siempre.










