Tengo la teoría de que España se disfruta mejor en otoño que en agosto, y cada año me la confirman las mismas cosas: las carreteras vacías, los restaurantes con mesa libre, la luz baja de las cinco de la tarde y esa temperatura que te deja caminar horas sin sufrir. Además, muchos de los planes más bonitos del calendario duran solo unas semanas y no admiten aplazamiento: cuando terminan, terminan. Estos son los diez que yo pondría en una lista de hacer una vez en la vida, con la idea de elegir uno, no diez.
Los que huelen a mosto, a humo y a tierra mojada
El primero es la vendimia. Da igual la zona, hay viñedo en casi toda la península, y bastantes bodegas abren sus puertas en esas semanas para enseñar el proceso y dejarte probar el mosto recién sacado. No hace falta ser entendida en vinos: lo que se te queda es el olor del lagar y el color de la hoja de la vid al empezar a girar.
El segundo es una fiesta de la castaña. En el noroeste y en muchas zonas de montaña se celebran reuniones populares en torno al fuego, las castañas asadas y el vino nuevo. Es un plan de tarde, barato, con música, gente mayor bailando y niños corriendo, y una de las formas más honestas de entender cómo se celebra el final de la cosecha.
El tercero es salir a setas con alguien que sepa. Aquí insisto: con alguien que sepa. Hay empresas y asociaciones que organizan jornadas guiadas de recolección en temporada, y la diferencia entre volver con una cesta y volver con un problema está justamente en ir acompañada de quien identifica cada especie sobre el terreno. Después, la tortilla o el arroz con lo recogido es el mejor final posible.
El cuarto es un mercado de otoño de pueblo, de los que se montan en la plaza con calabazas, miel, quesos y nueces. Llegar temprano, desayunar allí y comprar para la semana.





