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5 cosas que agradezco por haber renunciado a muchas cosas en mi infancia

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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5 cosas que agradezco por haber renunciado a muchas cosas en mi infancia — Estilo de vida
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No éramos pobres, pero siempre supe que no estábamos entre los "más acomodados". No tenía ropa de marca ni zapatos de moda, y la mayoría de las cosas nuevas solo las veía desde lejos. No pasé hambre ni carecí de lo esencial, solo a menudo tenía que renunciar a esos pequeños deseos que en ese momento me parecían enormes. Esas experiencias dolían entonces, pero hoy sé que fueron las que me formaron tal como soy.

Aprendí que menos no siempre significa menos

De niña, muchas veces me quedaba mirando los escaparates, viendo lo que para otros era algo natural. En casa no se podía comprar "así nomás" algo, cada gasto se pensaba bien. Mi mundo eran las tiendas chinas, las tiendas de segunda mano y las estanterías con ofertas. En ese entonces me daba vergüenza, pero hoy sé que entre esas filas aprendí a decidir con conciencia y a encontrar tesoros donde otros ni siquiera buscaban.

Quizás por eso hoy no persigo lo superfluo. No necesito mucho para sentirme bien; de hecho, la mayoría de las actividades que más felicidad me dan son gratis o muy económicas.

Descubrí que el dinero no es solo una herramienta

Quien no creció en abundancia, entiende el dinero de otra manera que quien siempre lo tuvo a mano. No es solo números en la cuenta bancaria, sino seguridad, conciencia y una especie de tranquilidad. De niña vi muchas veces cuánto esfuerzo, renuncia y planificación se necesitaba para que alcanzara para todo.

Aprendí que hay que trabajar por el dinero, y que "ahorrar" no siempre significa escasez, sino una organización seria que con el tiempo da frutos.

De adulta, sin embargo, me costó mucho gastar, incluso cuando ya podía permitírmelo. Y me alejé de las finanzas todo lo que pude. Me tomó tiempo entender que el dinero y el gasto pueden ser parte del flujo, no una fuente constante de ansiedad y tensión.

madre e hija cocinando en la cocina

Mi empatía se profundizó

Quien alguna vez sintió lo que es ser un outsider (por cualquier motivo), ve a las personas de otra forma. De niña experimenté lo que es no tener detrás un respaldo económico que garantice una adolescencia sin preocupaciones. En esos momentos siempre hay que demostrar más, aprender más y, claro, trabajar más. Esa experiencia primero me endureció, luego me abrió.

Hoy sé que detrás de la mayoría de los conflictos y caracteres hay historias: inseguridades, miedos, carencias. Mis experiencias infantiles me enseñaron a prestar atención: a mí misma, a los demás, a las heridas y pensamientos no expresados. Esta sensibilidad se convirtió en uno de mis mayores recursos, tanto personal como profesionalmente. La valoro y la sigo cultivando como un verdadero tesoro.

Agradezco tanto lo poco como lo mucho

Cuando de niña tenía que renunciar a algo, parecía una pérdida enorme e irreparable. Hoy sé que la carencia me enseñó a valorar lo que tengo. Ahora, como adulta, agradezco no tener que mirar siempre los precios al comprar, y poder elegir alimentos de mejor calidad si quiero.

Poder comprarle zapatos de marca a mi hija, aunque sé que en unos meses le quedarán pequeños, y no solo hacer un viaje al año, sino varios. Todo eso me recuerda de dónde vengo y cuánto trabajamos para vivir así ahora.

Busco soluciones en cualquier situación

Mi adolescencia me enseñó a luchar, porque no podía esperar que alguien resolviera las cosas por mí. Aprendí a solucionar, mejorar, replantear y, sí, con el tiempo también que pedir ayuda no es debilidad, sino valentía.

Hoy, si algo no sale como planeé, no entro en pánico. Sale mi "planificador", que siempre tiene un plan B, C y D. Sé que siempre hay una salida, solo hay que encontrarla, y me enfoco de inmediato en las posibles soluciones. Esa flexibilidad y perseverancia es uno de los mayores regalos que recibí de mi infancia.

Si pudiera empezar de nuevo, no pediría que fuera diferente; al contrario, desearía que todo sucediera igual. Aunque tuve que renunciar a muchas cosas, aprendí que los valores reales no se miden en dinero, aunque el dinero sí es necesario para una felicidad sin preocupaciones. Pero mientras antes creía que la felicidad era tenerlo todo, hoy sé que la verdadera satisfacción nace de valorar lo que se tiene.

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