Uno de los mejores regalos de este verano fue poder dedicar casi todos los días a mi hija. Cuando no estaba en el campamento o con los abuelos, pasábamos tiempo juntas: sentadas en el parque, en la playa o recorriendo la ciudad.
A pesar de tantas actividades, a menudo sentía que, en medio de tanta abundancia, algo le faltaba. Es dulce y flexible, pero también firme y decidida, cualidades que serán sus fortalezas como adulta. Ahora, como preadolescente, a veces es difícil encontrar un punto en común.
No obtiene todo lo que quiere y entiende por qué no podemos tener otra mascota. Sin embargo, a veces llora para conseguir un dulce y una bebida en la cafetería, y tras dos bocados ya está apurando para la siguiente actividad. Como si la experiencia que anhelaba durara solo hasta que la consigue.
Del presente al futuro
Cuando era niña, un día en la playa era pura magia. No temíamos perdernos nada: teníamos el lago Balaton, ¿qué más podíamos desear?
Ahora veo que para la generación Alfa es cada vez más difícil descansar en el presente. Parece que la alegría del momento se ve opacada por el siguiente evento: otro lugar para visitar, otra experiencia, una versión “mejor” de algo…
Este verano comprendí que, como madre, una de mis tareas más importantes es enseñar a mi hija —y a mí misma— cómo estar presente. Cómo disfrutar lo que sucede aquí y ahora, en lugar de correr tras la próxima oportunidad.
En lugar de "no sabes valorar nada"
Evito las frases que me dijeron cuando era niña o que podría repetir sin darme cuenta. Prefiero mostrar que las experiencias valen más que los objetos. Por suerte, esto funciona bien. Los estudios también muestran que en la comparación entre "experiencias y objetos", las experiencias dejan una huella más duradera en nuestra satisfacción.
Las investigaciones psicológicas llevan años demostrando que lo que vivimos se convierte en parte de nuestra identidad, mientras que nos acostumbramos más fácilmente a los objetos. No pretendo dar la verdad absoluta (si la tienes, ¡cuéntamela!) ni demonizar los gadgets o juguetes. Más bien, quiero recordarnos a todos que no es la cantidad de cosas, sino la calidad de las experiencias lo que realmente importa.
Mi mayor dilema es cómo hablar de presente y gratitud sin generar culpa. ¿Cómo explicar que lo que ella da por sentado a los 9 años, para mí a los 18 era un lujo? Y sobre todo, cómo evitar contarle historias que a mí me sacaban de quicio cuando era adolescente.
Encontré la respuesta en los viajes
No quiero dar lecciones sobre el mundo, sino abrir una ventana para que tenga su propio punto de referencia. Que note lo que pasa a su alrededor. Cuando viajamos, la dejo preguntar y le cuento mis propios fracasos y vivencias, desde mi infancia hasta hoy. Creo que la gratitud y la presencia no se enseñan con discursos, sino con el ejemplo.
Es interesante ver que esta generación tiene todo para una vida mejor, pero a menudo esperan algo más. Tal vez porque nunca han conocido lo peor. Pero no quiero juzgar. Hoy recuerdo con otros ojos las historias de mi abuela sobre cuando soldados rusos dormían en la primera habitación de su casa. De niña me parecían “interesantes”, ahora siento el miedo, la vulnerabilidad y la injusticia detrás.
Podría estar agradecida de no tener que alojar en mi casa a alguien que no tendría lugar en mi país, pero no doy gracias por eso, porque es natural que solo vivan conmigo mis seres queridos. Probablemente la generación Alfa siente lo mismo...
Quizá el problema no sea la cantidad de actividades o posibilidades, sino que no enseñamos a nuestros hijos a disfrutarlas. No falta cantidad, sino presencia. Los niños no piden más, sino diferente: espacio, voz y un ritmo donde puedan encontrar su propia alegría.











