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Cómo se siente volver al gimnasio después de meses de ausencia

Schuster Borka4 min de lectura
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Cómo se siente volver al gimnasio después de meses de ausencia — Salud
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Artículo de opinión: Bárbara López

Durante más de un año, el gimnasio fue una parte sólida e inamovible de mi vida. Empecé a hacer deporte ya de adulta, pero cuando por fin le cogí el gusto, iba con ganas varias veces por semana. Tenía mi ritmo, mi progresión, y lo más importante: esa sensación de que el entrenamiento simplemente formaba parte de quien era. No era algo que negociaba conmigo misma, era una base. Algo que hacía mejores todos mis días.

De unos pocos días a cuatro meses

Entonces llegaron las Navidades, las carreras, los viajes y el caos de fin de año. Al principio solo fueron un par de días. Parecía completamente inocente: fiestas, descanso, y ya en enero retomaba todo. Pero esos días se convirtieron en semanas, y las semanas en casi cuatro meses. No hubo una gran decisión. Solo muchas pequeñas: "hoy no", "mañana empiezo", "ahora mismo no me apetece volver a empezar".

Y mientras tanto, fui notando los cambios poco a poco. Primero cosas pequeñas: los hombros menos definidos. Luego, que me volvía a doler la espalda. Que ciertos movimientos cotidianos me costaban más. Que me cansaba donde antes no me cansaba. Y lo peor de todo: veía cómo desaparecía lo que tanto me había costado conseguir. Eso, en algún punto, se convirtió en un círculo vicioso.

Cuanto más sentía que perdía forma, más difícil me resultaba imaginar la vuelta. Porque ya no estaba donde lo había dejado. Y esa idea de "volver a empezar casi desde cero" era mucho más pesada que cualquier entrenamiento que hubiera hecho jamás. No le tenía miedo a la parte física, sino a esa sensación de haber retrocedido.

Volví sin pensarlo demasiado

Al final, fue una decisión impulsiva. Un jueves por la tarde, sin esperar al lunes, al mes nuevo ni a ninguna señal del universo, simplemente agarré la bolsa de deporte que llevaba semanas junto a la puerta y me fui al gimnasio. No fue una ola de motivación lo que me llevó allí. Fue más bien un cansancio resignado: no quiero esperar otros cuatro meses a "sentirme lista". Así que me la eché al hombro y salí.

Y ahora sé que, con ese paso, ya había superado la parte más difícil. Sí, estaba más débil. Los pesos con los que antes trabajaba ahora parecían demasiado. Aguanté menos repeticiones, me cansé antes. Si me hubiera puesto a mirar los números, el retroceso era evidente.

Pero mis músculos, de alguna manera, recordaban. Los movimientos me eran familiares, no tuve que aprenderlo todo de nuevo. No había esa sensación de incertidumbre total del principio. Era más como volver a una rutina antigua que se había oxidado un poco, pero que no había desaparecido.

No eran los músculos lo que echaba de menos

Ya durante el entrenamiento noté cómo algo cambiaba dentro de mí. Mi cuerpo se sentía más ligero, más ágil, menos rígido. Empecé a encontrarme mejor en él. No porque lo que estuviera haciendo fuera impresionante, porque no lo era. Sino porque el simple hecho de moverme me daba algo que llevaba meses sin tener.

Ese feedback inmediato que ningún espejo puede darte.

La dopamina, la energía, esa extraña satisfacción tranquila que llega al terminar un entrenamiento. Completamente independiente de cuánto peso levanté o de lo "en forma" que estuviera.

Entrenando me di cuenta de que quizás la mayor pérdida no había sido que desaparecieran ciertos músculos o que bajara mi fuerza. Sino que había perdido esa sensación, y por el camino había olvidado cuánto la echaba de menos.

Volver no iba de "recuperar mi forma de antes". Eso llegará con el tiempo. Era mucho más sobre reconectar con lo que el entrenamiento me aportaba. Y eso lo conseguí desde la primera sesión, en el momento en que volví a coger una mancuerna.

Si tú también llevas tiempo dándole vueltas a la vuelta, quizás esto te suene familiar. Y quizás, como a mí, lo único que necesitas es un jueves cualquiera y la bolsa ya preparada junto a la puerta.

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