Artículo de opinión — Schuszter Borka
Desde que somos pequeños escuchamos siempre lo mismo: no abandones tus sueños, lucha por tus metas, si de verdad lo deseas lo conseguirás.
Y hay algo profundamente inspirador en ese mensaje. Muchísimas personas han logrado cosas extraordinarias precisamente porque no se rindieron cuando otros ya habrían tirado la toalla. La perseverancia, muchas veces, obra auténticos milagros.
Pero rara vez hablamos de la otra cara de esa moneda: hay sueños que no solo se pueden soltar, sino que a veces resulta francamente sano dejar ir.
A mí me ha pasado. Y no lo viví como una derrota, sino como una liberación.
Durante mucho tiempo creí que los sueños eran una especie de contrato. Que una vez pronunciados, había que aferrarse a ellos el resto de la vida. Porque soltarlos significaba haber fracasado.
Hoy lo veo de otra manera
Las personas cambiamos, la vida cambia, nuestras prioridades cambian. ¿Por qué tendrían que ser justo nuestros sueños los únicos que permanecen intactos para siempre?
Hubo una época en la que vivía dentro de mí una imagen muy nítida del hogar en el que sería verdaderamente feliz. Una casa adosada con jardín. Mucha luz, un salón amplio, una terraza donde tomar el café por las mañanas. Un pequeño jardín para hacer barbacoas en verano, con césped por el que mi hijo pudiera corretear.
Durante años eso no fue solo un deseo. Fue una vara de medir.
Cada vez que entraba en mi piso actual, sentía un poco que aquello todavía no era «lo bueno». Que solo estaría de verdad satisfecha el día que llegara «allí».
Pero, mientras tanto, los años pasaban.
Y un día me di cuenta de cuánto tiempo pasaba mentalmente en un lugar donde ni siquiera vivía, mientras apenas prestaba atención al lugar en el que estaba. Y eso que quiero este piso. Está cerca del centro, es luminoso, está lleno de esos libros, esas plantas y esos pequeños objetos que elegimos nosotros. En este hogar nacieron muchísimos recuerdos: aquí reímos, aquí lloramos, aquí se fue construyendo la vida que hoy siento como mía.
Y aun así fui capaz de relegar todo eso a un segundo plano por un sueño que no dejaba de susurrarme: todavía no estás donde deberías estar.
Fue entonces cuando empecé a preguntarme si de verdad seguía queriendo ese sueño. O si simplemente me había acostumbrado a la idea de que debía quererlo.
Hay una gran diferencia entre ambas cosas
Hay metas por las que trabajamos con gusto. Las que nos dan energía, nos ilusionan, nos empujan hacia delante. Y hay otras que, con el tiempo, se convierten sobre todo en una sensación de carencia.
Comprendí que no quiero vivir mi vida esperando siempre la siguiente estación.
Porque ¿qué pasaría el día que tuviera esa casa con jardín? Lo más probable es que encontrara un sueño nuevo. Un jardín más grande. Un barrio más bonito. Todavía más libertad. La mente humana es sorprendentemente hábil para encontrar siempre algo que aún falta.
Por eso empecé a elegir con más conciencia qué sueños conservo. No renuncié a crecer, ni a tener metas. Simplemente dejé de convertir cada deseo en una tarea obligatoria.
Hoy prefiero hacerme otras preguntas:
¿Estoy dispuesta a hacer algo de verdad por esto? ¿El camino hacia ello me da alegría? ¿O solo me genera culpa por no haber llegado todavía?
Si es lo segundo, quizá haya llegado el momento de soltar. No porque sea imposible, sino porque estoy pagando un precio demasiado alto en el presente.
Si vivo con la sensación constante de que mi vida de verdad empezará más adelante, corro el riesgo de perderme lo que está ocurriendo ahora mismo.
Cuando un sueño solo sabe repetirte que no eres suficiente, que aún no has llegado, que siempre falta algo, tal vez no haya que aferrarse a él, sino dejarlo ir. Y hacer sitio a esa satisfacción silenciosa y cotidiana que quizá estuvo delante de nosotros todo el tiempo, solo que no supimos verla.
¿Soltar un sueño es lo mismo que rendirse?
No necesariamente. Rendirse suele significar abandonar algo que aún te ilusiona; soltar es dejar ir un sueño que ya solo te genera culpa o insatisfacción en el presente.
¿Cómo sé si debería dejar ir una meta?
Puedes preguntarte si estás dispuesta a hacer algo real por ella y si el camino te aporta alegría. Si solo te provoca la sensación de no ser suficiente, quizá sea momento de soltarla.
¿Renunciar a un sueño significa dejar de tener metas?
En absoluto. Se puede seguir creciendo y teniendo objetivos; la clave está en elegir con conciencia cuáles conservas, sin convertir cada deseo en una obligación.
¿Por qué siempre parece faltarnos algo?
Porque la mente humana es muy hábil encontrando la siguiente carencia. Aunque logres lo que soñabas, es fácil que aparezca de inmediato un nuevo deseo que llenar.











