1. Falta de aire
Desde niño a menudo me faltaba el aire, pero siempre pensé —y mi familia también— que era porque no estaba en forma. Cuando íbamos de excursión y me quedaba atrás por no poder respirar bien, me molestaban llamándome flojo y perezoso.
A los 22 años tuve una bronquitis que casi me cuesta la vida, porque no podía respirar y tuve que recibir una inyección de esteroides. Ahí supe que tenía asma, siempre lo había tenido. El médico se sorprendió de que hubiera vivido toda mi vida sin inhalador para el asma, luchando por aire. Lo peor es que mi familia ahora piensa que inventé el asma, que para ellos es solo algo psicosomático, para justificar que no soy deportista.
2. El bulto
Creí que me había picado algo porque apareció un pequeño punto rojo en la parte interna de mi brazo. Picaba y crecía, pero no le di importancia hasta que mi amiga me insistió para ir al médico. El doctor dijo que era un absceso y que necesitaba cirugía urgente.
Me extirparon un trozo del tamaño de una pelota de golf y drenaron mucho pus cerca del bíceps. Tuve suerte de que solo afectó el músculo y no los tendones. Apenas pudieron cerrar la herida y aún me esperan algunas cirugías para las cicatrices.
3. Dolor de cabeza
Mis migrañas empeoraron tanto que veía estrellas y mi habla se volvía confusa. El médico no quiso enviarme a una resonancia magnética hasta que ya caminaba con dificultad y perdí sensibilidad en el brazo derecho. Ahí descubrieron que tenía esclerosis múltiple.
4. Las gafas
En octavo grado noté que mi visión en el ojo derecho empeoraba, pero pensé que solo necesitaba una graduación más fuerte. Por los exámenes, fui al oftalmólogo 4 meses después, quien me diagnosticó glaucoma. Perdí el 90% de visión en ese ojo y casi quedé ciego.
5. Torpeza
Mi papá tropezaba o se tambaleaba a menudo mientras hacía tareas en casa, y bromeábamos sobre su torpeza. Meses después supimos que tenía ELA, y tres años más tarde falleció.
6. Rozadura
Jugaba con mi perro y me resbalé en una piedra, raspándome la rodilla. Dolía y picaba, pero a mi mamá no le importó. (Para ser justa, era una adolescente bastante dramática). Por la noche la picazón empeoró y la zona se puso muy roja y caliente.
A la mañana siguiente estaba gritando y por fin me llevaron al médico. Tenía celulitis, una infección bacteriana grave de la piel y tejidos profundos. Casi me amputan la pierna; el doctor le dijo a mi mamá que llamara a los familiares porque si la infección avanzaba, podría ser la última vez que me vieran. Si hubiéramos ido ese mismo día, con una inyección de penicilina y antibióticos me habría salvado.
7. Bulto
Tenía un pequeño bulto cerca del esófago que sentía al aplicarme crema en el cuello, pero nunca le presté atención. Por otro motivo me hicieron una tomografía y el endocrinólogo me dijo que era cáncer de tiroides y tuve mucha suerte de que lo detectaran en etapa temprana.

8. Sangrado leve
Llevaba años en la menopausia y no me parecía raro tener sangrados leves unas veces al año; pensé que era normal. Lo mencioné de pasada en el chequeo anual con la ginecóloga, quien me mandó a hacer pruebas y descubrieron que tenía cáncer de cuello uterino. Lo detectaron a tiempo, así que no necesité radioterapia ni quimioterapia, solo me extirparon el útero.
9. Ataques de hambre
Tenía antojos tan fuertes de lechuga iceberg que a veces a las dos de la madrugada me levantaba a comerme una cabeza entera. Mi pareja me llevó al médico, donde descubrieron que mis niveles de hierro y hemoglobina estaban tan bajos que el doctor y la enfermera dijeron que era un milagro que siguiera viva. Me hospitalizaron de inmediato para dos transfusiones de sangre y una infusión de hierro. Desde entonces, mis ataques de lechuga desaparecieron.
10. Espasmos
No fui yo, sino una amiga de la infancia que a veces tenía espasmos en una mano. Decía que era por nervios. Duró meses, hasta que un día tuvo una convulsión en clase. En vez de llamar a emergencias, sus padres la llevaron a casa y la acostaron. A la mañana siguiente falleció por un tumor cerebral.











