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Cuando nuestra vida también está en juego: ¿Hasta cuándo debemos apoyar a familiares y amigos con adicciones?

Schuster Borka4 min de lectura
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Cuando nuestra vida también está en juego: ¿Hasta cuándo debemos apoyar a familiares y amigos con adicciones? — Familia

Vivir con alguien que tiene una adicción, ya sea en el mismo hogar o simplemente en nuestra vida, puede ser una experiencia muy desgastante para nosotros. Y mientras se acaban nuestras excusas, se agota la paciencia y se pierde la esperanza, queda la pregunta: ¿hasta dónde es nuestro deber seguir acompañando?

Esta es una pregunta que no tiene respuesta en los libros. Porque cuando la adicción no es una estadística ni un fenómeno social, sino un rostro concreto, una voz conocida, un familiar o amigo, toda teoría se vuelve personal.

La adicción es una enfermedad. Hoy en día, nadie lo discute. No es un defecto de carácter, ni falta de voluntad, ni un fracaso moral. Quien la padece tiene alterado su cerebro, su toma de decisiones y su sistema de recompensa, y todo esto no ocurre – o al menos no en gran medida – por culpa suya. Está comprobado que en la aparición de la adicción la predisposición genética juega un papel importante. Es como si alguien fuera más propenso a una enfermedad. Y cuando alguien está enfermo, nuestra reacción instintiva es ayudar. No lo dejamos solo. Estamos a su lado. Queremos salvarlo.

Pero la particularidad de la adicción es que no solo destruye a quien la sufre, sino también a su entorno.

Las mentiras, el dinero que desaparece, las promesas incumplidas, las recaídas constantes. La tensión permanente de no saber qué pasará ahora. La preocupación que se infiltra sigilosamente en el día a día.

Imagen borrosa de una mujer

Y aquí comienza la parte difícil: ¿hasta dónde es nuestro deber seguir apoyando y cuándo la ayuda se vuelve sacrificio personal?

Durante mucho tiempo tendemos a confundir el apoyo con el sacrificio.

“Si realmente lo quiero, puedo soportar todo.”

“Si soy paciente, comprensivo y constante, cambiará.”

Pero el cambio no viene desde afuera. La persona con adicción debe quererlo. Nosotros solo podemos ofrecer un apoyo, pero no vivir su vida por ella.

Mientras tanto, está esa voz interior que susurra: si pones límites ahora, estás abandonando. Si dices “no más”, eres cruel. Como si el amor se midiera por cuánto estamos dispuestos a soportar.

Pero poner límites no es lo mismo que alejarse. Se puede amar a alguien y al mismo tiempo decir: no puedo seguir financiando, limpiando ni justificando este comportamiento. No voy a pagar tus deudas. No voy a mentir por ti. No voy a aceptar una y otra vez que después de las promesas pase lo mismo.

Es difícil saber dónde empieza la responsabilidad individual. Si la adicción es una enfermedad, ¿hasta qué punto se puede exigir responsabilidad? Pero en toda enfermedad hay un grado de colaboración. Quien tiene diabetes debe cuidar su alimentación. Quien sufre depresión debe acudir a terapia para mejorar. En la adicción también hay un punto en que el entorno no puede hacer más que ofrecer ayuda, pero la decisión no puede tomarla el enfermo.

Quizá la frase más difícil es esta: lo siento por lo que te pasa, pero no permitiré que arruine mi vida también.

Piruleta llena de pastillas

Nosotros también nos hundimos hasta el cuello

Esto no es una amenaza ni un ultimátum. Es autoprotección. Porque mientras nos preocupamos por la persona con adicción, a menudo ni siquiera notamos que nosotros mismos nos hundimos en un sistema tóxico. Postergamos nuestros planes, gastamos recursos económicos, emocionales y mentales, y nuestro día a día gira en torno a las crisis.

Y surge la pregunta: ¿realmente estamos ayudando o solo manteniendo la situación? A veces rescatar impide que la persona enfrente las consecuencias. Y esas consecuencias – aunque suene duro – muchas veces son la base para el cambio.

No creo que exista una regla universal. Para algunos, la presencia incondicional es fuerza. Para otros, poner límites claros es lo que funciona. Pero tengo cada vez más claro que, aunque debemos ofrecer amor, honestidad y respeto, nadie está obligado a sacrificar su salud mental por otro.

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