¿La menopausia te ha sacado tu vena de adolescente rebelde y despreocupada? Bienvenida al club. Esto es la pubertad puma, y tiene señales muy concretas que quizás ya conoces de primera mano.
La ropa cómoda manda
No me importa si la cena es en un restaurante con estrella Michelin o en el palco de la ópera: los tacones ya no son una opción. Esa época quedó atrás. En casa me pongo mis pantalones de chándal desgastados y mi camiseta favorita, esa con el conejo psicodélico verde que ya casi no tiene forma. ¿Que no es muy sexy? Puede. Pero es cómoda, y si hace falta, me sirve de pijama. ¿Qué opina mi marido? Primero, no se lo pregunto. Segundo, él va igual.
Adivina lo que quiero decir
Acepta que busco las palabras pero no las encuentro. Solo consigo soltar un "eso... ya sabes... lo que te digo..." mientras gesticulo en el aire. El resto es cosa tuya. Adivina.
Lo haré... el año que viene
¿Que por qué compré toda esa decoración de primavera si no la he sacado? Mira, ahora mismo no tengo energía. Los adornos pueden esperar perfectamente en el armario hasta que me apetezca ponerlos. Que será, probablemente, el año que viene.
Mi programación favorita
¿Que solo veo documentales de crímenes sin resolver? Sí. ¿Y qué?
¡Claro que sí, gracias por el consejo!
Si alguien —sin que nadie se lo pida— quiere darme consejos, ya no tengo energía para fingir que me interesan. ¿Que debería comer más verdura? Gracias, lo sé, pero anoche cené helado. ¿Que haga pesas para la osteoporosis? Ni hablar. Con sobrevivir a una noche de insomnio ya me doy por satisfecha.
El sofocón del infierno
Cariño, entiendo que quieras arrimarte, pero ahora mismo tengo calor. El sofocón me tiene ardiendo por dentro como si estuviera en el mismísimo infierno, así que por favor quédate en tu lado de la cama hasta que yo diga lo contrario.
La niebla mental
Ya no me sorprende recordar perfectamente la letra de cada canción de los años noventa y no tener ni idea de por qué fui a la cocina. Es lo que hay. La memoria tiene sus prioridades.
Experimentos de mediana edad
Mis amigas —que sufren lo mismo— y yo decidimos que ya era hora de probar cómo se siente eso de fumar un canuto. Una de ellas consiguió unos cuantos a través de su hijo, ya liados, porque ninguna habría sabido hacerlo. Nos los fumamos en la terraza y estuvimos horas muertas de risa. Una pequeña rebelión tardía, de mediana edad. Y la verdad es que sentó de maravilla.
La bocina puede esperar
No me importa que me piten detrás en el drive-thru del McDonald's: voy a revisar la bolsa entera con calma, porque si me falta la salsa otra vez, en casa voy a tener un episodio. O me voy a poner a llorar. También ha pasado. Malditas hormonas.
Apatía vaginal y punto
Después de mi divorcio —de los 45 a los 50— salí con entusiasmo, y luego simplemente paré. No porque no les interese a los hombres, sino porque ellos ya no me mueven nada a mí. Todavía no he llegado al punto de convertir ciertas zonas en el desierto del Gobi, pero digamos que la región se ha calmado considerablemente. Mi libido bajó al sótano, y lo más curioso es que hay algo de alivio en eso: ya no persigo a nadie de manera compulsiva.
Escucha selectiva avanzada
Mi hija dice que me comporto como una adolescente maleducada, y puede que tenga razón. Últimamente solo oigo lo que me conviene. Si mi marido o alguno de los niños me molesta mientras estoy en la bañera o viendo mi serie, simplemente decido que no he escuchado nada. Es enormemente liberador. Lo recomiendo a todo el mundo.
¿Responsabilidad? ¿Eso qué es?
Esta segunda pubertad ha despertado en mí una indiferencia que nunca conocí. A estas alturas me he dado cuenta de que el mundo no se acaba si ciertas cosas no se hacen. ¿Que la ropa sucia desborda el cesto? Tenemos ropa de sobra, ya la usaremos. ¿Que hay que cocinar? Hoy desde luego que no, que cada uno busque lo que encuentre, nadie va a morirse de hambre. ¿Que hay que cortar el césped? Que lo haga mi marido, o que crezca, me da exactamente igual. Yo, que toda la vida fui la responsable de todo, me he tomado la pastilla del "me importa poco" y no pienso devolverla.
En el trabajo, lo justo
En la oficina ya no me mato. Los "retos profesionales" me resbalan y sé perfectamente que no merece la pena darlo todo por una empresa o un jefe. Hago lo que se espera de mí, y hasta aquí.
¿Te sientes identificada con alguna de estas señales? Quizás tú también has llegado a la pubertad puma. Y si es así, bienvenida: aquí no hay que fingir nada.











