El cambio de armario suele empezar con energía y terminar con la cama cubierta de ropa, tú sentada en el suelo probándote una camisa de hace seis años y la sensación de que no tienes nada que ponerte teniendo doscientas prendas delante. El problema casi nunca es la cantidad de ropa: es que el armario no tiene un criterio. Todo está mezclado, lo que usas a diario compite con lo que usas dos veces al año, y cada mañana pagas ese desorden en minutos y en mal humor.
Antes de empezar: vaciar por categorías, no de golpe
Sacarlo todo a la vez es lo que hace que el proyecto se te caiga encima. Trabaja por categorías: primero pantalones, luego camisetas y camisas, después punto, y así. Cada categoría completa te da información que no ves de otra forma: descubrirás que tienes nueve camisetas blancas y ningún jersey de media estación, o cuatro vaqueros que son casi idénticos.
Mientras vacías, limpia. Un paño húmedo por los estantes, aspirar el fondo del armario y airear con las puertas abiertas media hora. Es el único momento del año en que ese espacio está accesible, y la ropa guardada en un mueble cerrado y con polvo huele distinto a la guardada en uno limpio.
Las cuatro zonas que hacen que el orden dure
Aquí está la clave. En lugar de colocar por colores o por tipos —que queda precioso el primer día y se deshace el tercero—, coloca por frecuencia de uso.






