El dormitorio es la habitación que más usamos y la que menos atención recibe cuando ordenamos la casa. Es lógico: no la ven las visitas. Pero es también la única habitación cuyo desorden te mira directamente a la cara en los dos momentos del día en los que estás más sensible, al despertarte y al acostarte. Y ahí el desorden no es solo estético: una silla con cuatro capas de ropa pendiente de decisión es una lista de tareas colgada a los pies de la cama.
Divide la habitación en tres zonas antes de tocar nada
Un dormitorio cumple tres funciones y conviene asignarles un espacio físico distinto: dormir, vestirse y guardar. La zona de dormir es la cama y las mesillas, y debería contener únicamente lo que usas tumbada. La zona de vestirse es el punto donde te cambias: necesita espejo, un sitio para dejar lo que te vas a poner y luz suficiente, idealmente cerca del armario. La zona de guardar es el armario, la cómoda y el almacenaje bajo la cama.
Cuando algo no encuentra su zona, acaba en la silla. Por eso el primer paso no es comprar cajas, sino recorrer la habitación y preguntarte por cada objeto a qué zona pertenece. El secador que vive en la mesilla pertenece a la zona de vestirse. Los papeles del trabajo no pertenecen a ninguna de las tres: su sitio está fuera del dormitorio. Esta clasificación sola resuelve más de la mitad del caos sin mover un solo mueble.






