He cocinado en cocinas de todos los tamaños, desde una de pueblo con mesa en el centro hasta un pasillo de dos metros en el que había que cerrar un cajón para abrir el horno. Y la conclusión siempre es la misma: una cocina pequeña bien repartida funciona mejor que una grande caótica. Lo que agota no es dar tres pasos en vez de diez; es abrir cuatro armarios buscando el colador mientras hierve el agua. Organizar una cocina pequeña consiste, básicamente, en decidir de una vez dónde vive cada cosa y aceptar que no todo cabe.
Reparte por zonas, no por categorías
El error clásico es agrupar por tipo: todos los táperes juntos, toda la loza junta, todos los electrodomésticos juntos. En un espacio reducido conviene hacer lo contrario y organizar por momento de uso, en tres zonas.
La zona de lavado es el fregadero y lo que haya debajo y al lado: productos de limpieza, estropajos, bolsas de basura, escurridor, trapos. La zona de preparación es la encimera libre más grande que tengas: ahí van las tablas, los cuchillos, el bol de mezclar, la báscula, el rallador y el pelador, todo a un brazo de distancia. Y la zona de cocción rodea la placa y el horno: sartenes, cazos, utensilios de madera, sal, aceite y las especias de uso diario. Cuando cada objeto pertenece a una zona, el trabajo deja de ser un ir y venir.
Dentro de cada zona, aplica una regla sencilla: lo que usas a diario, entre la cintura y los ojos; lo que usas cada semana, debajo; lo que usas tres veces al año —la bandeja grande, la olla de las lentejas en cantidad, la fuente de las fiestas— en lo alto o fuera de la cocina.






