Abres el cajón de los cables y ahí están: seis, enredados, de aparatos que ya no existen. En el altillo hay una bolsa con jerséis de una talla que llevas años sin usar y un juego de copas que te regalaron para una casa que ya no es esta. Nada de eso te hace falta y, sin embargo, cada vez que te planteas tirarlo aparece la misma frase: "¿y si algún día lo necesito?". No eres desordenada. Estás haciendo un cálculo emocional perfectamente razonable, solo que con una contabilidad trucada.
La cuenta que hacemos mal
Cuando dudamos, imaginamos con mucha nitidez el escenario de la pérdida: el día que necesite ese cable y no lo tenga, el disgusto de haberlo tirado. En cambio, no imaginamos el coste de conservarlo, porque está repartido en trocitos invisibles. Cada objeto guardado ocupa espacio, pero sobre todo ocupa atención: cada vez que abres ese cajón, tu cabeza vuelve a pasar por encima de cincuenta decisiones no tomadas. Eso cansa mucho más que una estantería llena.
Hay además una capa biográfica. Guardamos la ropa de la talla anterior porque guardamos la versión de nosotras que la llevaba. Guardamos el material de un curso que no terminamos porque aún no hemos decidido en voz alta que no lo vamos a retomar. Guardamos regalos que no nos gustan porque creemos que tirarlos es tirar a la persona. Reconocer qué hay detrás de cada montón no es terapia improvisada: es, simplemente, dejar de discutir con un objeto cuando la conversación es contigo.






