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Consulta privada y atención pública: ¿cuándo decido abrir la cartera?

Schuster Borka4 min de lectura
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Consulta privada y atención pública: ¿cuándo decido abrir la cartera? — Familia
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Cuando era niña, era natural ir al médico de cabecera si estaba enferma. Él me conocía por nombre, sabía la historia médica de mi familia y me derivaba al especialista adecuado si hacía falta. Honestamente, no recuerdo cuándo se volvió normal que cada vez que necesitamos atención médica, también surja la pregunta: ¿privada o pública?

Al decidir, hay que considerar muchos aspectos: precio, tiempo, calidad, nervios y autoestima. Hoy no solo importa el síntoma, sino cuánto podemos soportar y cuánto podemos permitirnos.

Muchos, si pueden, ya solo van a consultas privadas. La rapidez, el trato amable, un ambiente limpio y la atención personalizada son razones poderosas, especialmente cuando la salud está en juego y uno se siente vulnerable.

Otros ni siquiera consideran la opción privada. No porque no quieran, sino porque no les alcanza. Esperan meses o años, con la esperanza de que cuando llegue su turno, reciban atención real.

Yo estoy en medio. Si es muy necesario, pago la atención privada, pero siempre siento el peso de esa decisión. Por eso, cuando decido, lo hago con mucha conciencia. Y aunque suene raro, este proceso no es solo racional, sino profundamente personal y doloroso. Me pregunto: ¿qué estoy dispuesta a soportar? ¿Dónde está el límite donde no solo mi cuerpo, sino también mi autoestima, se ven afectados?

¿Vale la pena una pequeña humillación por 50 EUR al año?

Por ejemplo, voy a la consulta pública para el cribado ginecológico. Sé que el médico suele estar apurado, serio y a veces distante. Llevo años con esa experiencia, pero no he tenido incidentes graves. Y como la revisión privada es muy cara, prefiero aguantarlo una vez al año. Porque aunque me gustaría que, mientras estoy vulnerable y expuesta en la camilla, el médico mostrara un poco de humanidad, una palabra amable o un gesto que me haga sentir que controlo la situación y mi cuerpo, no podría pagar 40–50 mil forintos (unos 135 EUR) solo para que me hablen con cariño en esa situación.

Es irónico, ¿no? Pago por mi cuerpo, pero en realidad lo que cuesta es mi dignidad. Y hay momentos en los que acepto hacer concesiones conmigo misma. El cribado es uno de ellos. Es incómodo, pero lo aguanto.

Si es por mi hija, no hago concesiones

Madre cuidando a su hija en el hospital

Con mi hija la historia es diferente. Hace poco noté que uno de sus dientes empezaba a cambiar de color, probablemente una caries. Desde el primer momento supe que no iría a la consulta pública. No porque piense que los profesionales de allí son malos, sino porque en un sistema saturado no hay espacio para lo que ella necesita: paciencia, sintonía y construcción de confianza.

Para mi hija con síndrome de Asperger, una consulta nueva no es solo una “primera visita”, sino una experiencia que puede ser temerosa, exagerada o incluso traumática. En la consulta privada, por supuesto pagando, pueden dedicar la primera cita solo a que ella se familiarice, se siente en la silla y el médico le explique qué pasará en la próxima visita. Esto puede tranquilizar a cualquier niño, pero para uno en el espectro es esencial. En el sistema público no hay capacidad para esto, porque no hay tiempo.

Con los niños no hay duda: no la llevo donde no esté segura de que recibirá la atención que necesita. Su seguridad y bienestar emocional no son negociables.

El costo de la decisión: dinero, dignidad y carga emocional

La parte más difícil de este juego no es el dinero, aunque suene raro. Es que en cada situación evalúo cuánto vale mi dignidad. ¿Cuántas veces puedo permitirme sentirme vulnerable? ¿Cuántas veces debo aguantar un mal trato solo porque es “gratis”? Y sé que la atención pública no es gratis, porque ya la pagué cuando aporté a la seguridad social.

¿Qué pasa con quienes no tienen elección?

Lo más triste es que yo, aunque con dificultad, puedo elegir. Puedo decidir por mi hija. Tengo margen, tiempo, fuerza para ahorrar y pagar cuando es necesario.

Pero sé que muchos no pueden. No tienen alternativa ni “si hace falta, voy a lo privado”. Ellos esperan, esperan y aceptan lo que les toca.

A menudo siento que en esta cuestión no solo ponemos en la balanza nuestra salud. El sistema también mide cuánto valemos nosotros, y parece que en este país quienes no pueden abrir la cartera, valen poco.

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