Atención: este artículo contiene spoilers de los primeros cuatro episodios de la última temporada. ¡Sigue leyendo solo si ya viste los nuevos capítulos!
Después de años de espera, por fin llegó la última temporada de Stranger Things, o mejor dicho, sus primeros cuatro episodios. Netflix guardó más episodios para Navidad y el final definitivo llegará a fin de año. Tenía muchas ganas de este estreno: la serie fue una de mis favoritas, sus personajes crecieron conmigo y su mundo siempre me llenó de nostalgia, como si realmente pudiera viajar a los años 80. Por eso me dolió que estos cuatro primeros capítulos no lograran convencerme del todo.
La larga pausa no ayudó. En una serie tan compleja y con una mitología tan profunda como esta es difícil retomar justo donde lo dejamos años atrás. Quizás habría sido útil repasar las temporadas anteriores, pero esperar que alguien tenga tiempo para eso es pedir mucho a los creadores. Y parece que eso fue justo lo que pasó.
Las tramas siempre han tendido a acumular misterios, a menudo sin resolver uno antes de presentar otro. Pero ahora todo se siente aún más enredado. Me frustraba tener que descifrar constantemente quién controla a quién, a quién pertenece cada recuerdo, qué motivaciones esconden los hilos ocultos y qué significan realmente las escenas místicas. En lugar de atraerme, sentí que me alejaba cada vez más del mundo de la serie.
Faltó algo más: la esencia de los años 80
Una de las mayores fortalezas de Stranger Things siempre fue jugar con la cultura pop de la época como un adulto que redescubre sus juguetes favoritos. Pero ahora esa capa parece haberse quedado en segundo plano. Hay menos momentos musicales icónicos, menos referencias cinematográficas y en general menos humor. La serie solía equilibrar muy bien el tono oscuro y aterrador con momentos ligeros y entrañables. Esta vez, casi todo se inclina hacia el drama, y las bromas se reducen a pequeños coqueteos entre personajes que a menudo se sienten repetitivos y algo lentos. Se nota cuando los guionistas intentan forzar una frase icónica, pero el resultado no termina de impactar.

Sin embargo, el cuarto episodio termina con una escena poderosa que recupera algo de ese emotivo clímax cuidadosamente construido que Stranger Things siempre ha manejado tan bien.
Pero esa chispa de unos minutos fue poca cosa para casi cinco horas de historia.
Lo más extraño es que, aunque los actores claramente han crecido —y hacen un gran trabajo—, sus personajes no parecen haber evolucionado igual. En temporadas anteriores se entendía y sentía la dinámica y motivaciones entre los niños. Ahora, los dilemas de estos jóvenes adultos parecen solo bocetos. Will sigue luchando con el miedo a salir del clóset, Mike y El sueñan con un nuevo comienzo, Lucas intenta superar la ausencia de Max —pero todo esto se podría haber resumido sin haber visto ni un minuto de la nueva temporada. Apenas hay nuevas profundidades o conflictos.
Por suerte, hay motivos para confiar: la imagen sigue siendo hermosa
El ambiente sigue siendo cautivador en algunos momentos. Los actores mantienen su talento, aunque ahora tengan poco con qué trabajar. Para mí, estos cuatro capítulos fueron una decepción, pero no una causa perdida. Stranger Things siempre ha brillado cuando todo está listo para que las emociones, la tensión y la creatividad se desaten.
Confío sinceramente en que así será esta vez también, y que los episodios que llegarán en Navidad nos recuerden por qué nos enamoramos del mundo de Hawkins. El potencial sigue ahí, vibrando en el fondo —solo espero que finalmente lo dejen brillar.











