Memorizar palabra por palabra es lo que produce ese tono plano de locución de aeropuerto. Lo que sí conviene aprenderse de memoria son tres cosas: la primera frase, la idea central y la última frase. Entre esos puntos, el camino puede improvisarse. Ensaya en voz alta de pie, no mentalmente: la voz mental nunca se traba y por eso no entrena nada. Cronométrate una vez y recorta un veinte por ciento, porque en directo todo se alarga. Y si puedes, ensaya delante de alguien que no conozca el tema; si esa persona te pide que repitas algo, ahí tienes la parte que hay que simplificar.
¿Qué hago si me tiembla la voz en las primeras frases?
Es muy habitual y casi siempre se pasa solo, porque el temblor viene de un pico de activación que el cuerpo resuelve en menos de un minuto si le das aire. Antes de empezar, suelta el aire despacio dos o tres veces en lugar de coger aire a bocanadas, apoya bien los dos pies y permítete una pausa de dos segundos antes de la primera frase: ese silencio parece eterno desde dentro y desde fuera se lee como aplomo. Lleva la primera frase escrita y leída, aunque el resto no lo esté, y habla un poco más lento de lo que te pide el impulso.
¿Y si alguien me rebate con un dato que no conozco?
La respuesta más fuerte es la más sencilla: «no tengo ese dato, lo miro y te contesto». Decirlo con calma no resta autoridad, la construye, porque demuestra que distingues entre lo que sabes y lo que supones. Después, reconduce a tu terreno con una frase del tipo «en cualquier caso, lo que yo he visto es esto», y vuelve a tu ejemplo concreto. Lo que daña la credibilidad no es ignorar un dato, es improvisar uno.








