¿Habrá alguien más que tenga una abuela que amase pasta y cuente historias a la vez?
Pienso mucho en mis abuelas. Ya no están conmigo, y quizás por eso siento cada vez más lo mucho que significaron. No fui de los afortunados que pudieron mostrarle a su abuela a su bisnieto: simplemente me quedé sin tiempo, ya que yo era el más pequeño de los niños. Sin embargo, mis recuerdos están tan frescos como si hubieran pasado ayer.
Pasaba la mayor parte de los veranos con una de ellas, y la otra prácticamente me crió. Era a quien mi madre recurría cuando no podía dejarme llorando en el jardín de infancia cada mañana. Iba con ella todas las mañanas, y ella me guiaba con paciencia y cariño, jugaba conmigo, recitaba rimas, cocinaba —sin que yo me diera cuenta de toda la atención que me brindaba.
Nunca dijo “ahora no puedo”
Mirando atrás como adulta, me parece increíble cómo siempre estuvo tan presente. No recuerdo ni una sola vez que dijera que no tenía tiempo. Claro que tenía tareas —la casa, el jardín, la cocina, la limpieza—, pero de alguna manera organizaba su vida para que nunca me sintiera relegada. En esa casa había una calma mágica que entonces parecía natural y hoy se siente como un lujo inalcanzable.

Mi otra abuela era muy distinta: temperamental, trabajadora y a veces un poco estricta, pero el amor también emanaba de ella. En mi mente, ambas son las abuelas “clásicas”: con delantal, moviéndose silenciosamente en casa, siempre queriendo hacer algo, nunca por ellas mismas, sino por los demás. Más tarde supe cuánto dolor, secretos y renuncias llevaban dentro, que nosotros, los nietos, nunca vimos.
Para nosotros, ellas eran la seguridad misma: amor, calor y cuidado palpables.
Recuerdo los veranos jugando en el patio con mis primos o los niños del vecindario, mientras mi abuela observaba desde lejos. Silenciosa, sin interrumpir el juego, pero siempre lista para estar ahí si hacía falta. Recuerdo el jardín donde recogíamos grosellas para hacer jarabe y cómo caminaba equilibrándome sobre los ladrillos mientras llevaba las cáscaras de verduras al compost. Y claro, también el arroz con leche con cacao después de cenar —porque a los nietos se les permitía todo. El olor de la casa, las estanterías llenas de provisiones y la nube de harina al preparar los ñoquis… esas pequeñas imágenes están grabadas en mi infancia.
¿Desaparecerán algún día las abuelas ‘de verdad’?
Pienso cada vez más en cuánto tiempo quedarán con nosotros esas abuelas que amasan pasta con sus nietos en la silla pequeña mientras les cuentan historias. Que solo cultivan el jardín para llenar siempre la cesta de sus nietos con verduras frescas, frutas o dulces caseros. Siento que esas abuelas —las de nuestra infancia— poco a poco se desvanecen y dejan paso a un nuevo tipo de abuela.
Hoy muchas siguen trabajando tras jubilarse porque lo necesitan. Otras redescubren su identidad: viajan, estudian, participan en comunidades, hacen deporte o mantienen el contacto con amigos en línea.
No imaginan la vejez con pañuelo y delantal, sino con experiencias, autonomía y libertad que llenan sus días. Ya no son las abuelas que observan desde las sombras, sino mujeres activas y llenas de vida que quieren vivir plenamente, no solo por su familia, sino también por ellas mismas.
Y no hay nada malo en eso. De hecho, este cambio es natural y necesario. El ritmo del mundo ha cambiado, y con él el papel de las mujeres. Las abuelas de hoy no quieren renunciar a sí mismas, y debemos alegrarnos por esa decisión. Sin embargo… nosotros vivimos la experiencia de una abuela que solo contaba historias del pasado mientras enseñaba a pelar un huevo cocido con cariño. Y pensar que eso ya no volverá despierta en nosotros una nostalgia suave y dulce. Queremos que nuestros hijos también sientan ese calor y esa presencia que nos llenó a nosotros.
Quizás duele porque para nosotros nuestras abuelas eran el símbolo de la atención incondicional. No tenían prisa ni nervios, y con ellas la convivencia era especialmente tranquila. Eso es lo que intentamos transmitir a nuestros hijos, aunque el ritmo del mundo haya cambiado y sea más difícil detenerse un momento.
Pero quizás la respuesta no sea que “todo era mejor antes”
Quizás hoy también puede haber abuelas ‘de verdad’, solo que de otra manera. Se puede amasar pasta por la mañana y por la tarde escuchar cuentos online con el nieto. Se puede cuidar el jardín y mostrar por videollamada cómo crecen las plantas de tomate. Se puede cocinar y contar cómo fue viajar un fin de semana con amigas jubiladas.
Tal vez los niños de hoy no necesiten lo mismo que nosotros. Quizás no buscan seguridad sentados en la mesa de la cocina, sino en que su abuela sea valiente, activa y curiosa de la vida. Que les muestre que el paso del tiempo no es un obstáculo, sino una oportunidad. Porque al final, ser abuela no se trata de saber de memoria todos los libros de recetas, sino de cómo se ama y se presta atención. Y ese amor —en cualquier forma que llegue— siempre será igual de valioso.











