Tres reglas que hicieron que funcionara
La primera: una base y dos acompañantes. Cada comida partía de un hidrato ya en casa —arroz, pasta, patata, legumbre— más una verdura fresca y una proteína, ya fuera huevo, conserva o algo del congelador. Con esa estructura no hace falta receta.
La segunda: cocinar una vez, comer dos veces. Ponía una olla grande de legumbre o de arroz y la segunda mitad se transformaba: los garbanzos guisados del lunes fueron ensalada templada con cebolla y atún el miércoles; el arroz sobrante acabó en tortilla.
La tercera, y la que más me costó: nada de comprar por si acaso. Si faltaba algo, se sustituía. Sin pimentón, más ajo. Sin nata, un chorro del agua de cocción de la pasta y queso rallado. Esa restricción, que parecía un castigo, resultó ser el motor de casi todo lo bueno que salió.
Lo que salió a la mesa
Salió una crema de lentejas con cebolla dorada y comino que ahora hago cada semana. Salieron unas tortitas finas de harina de garbanzo con calabacín, que era la única forma honesta de gastar esa harina. Salió pasta con sofrito congelado, alcaparras y un huevo poché encima. Salió arroz al horno con lo que quedaba de verdura y un puñado de pasas que llevaban un año esperando su momento. Y salió mucho pan tostado con tomate, porque hay días en que la cena tiene que resolverse en cinco minutos y eso también forma parte de comer bien.
Lo curioso es que comimos más variado que en una quincena normal. Cuando no puedes recurrir a lo de siempre, te obligas a mezclar. Y cuando tienes delante todo lo que hay, en lugar de olvidado al fondo, eliges mejor.






