En mi casa hubo una temporada en la que descubrí, sin querer, que llevábamos catorce cenas seguidas girando alrededor de tres ingredientes. No era falta de interés por la comida: era que la compra se hacía en piloto automático, la nevera se llenaba de lo mismo y a las ocho de la tarde el cansancio elegía por mí. La variedad no se pierde en la cocina, se pierde mucho antes, en el momento de decidir qué entra en la bolsa. Y ahí es donde se arregla.
El tablero de la semana: cinco casillas, no un menú cerrado
Los menús semanales detallados fallan porque la vida real no respeta el papel. Funciona mejor un tablero de categorías. Divide la semana en cinco casillas de comida principal y asigna a cada una un tipo de plato, no una receta: legumbre, pescado, ave o carne, huevo, y una casilla libre de verdura protagonista. No decides qué vas a cocinar, decides de qué familia será. Luego, el día que toque, eliges dentro de esa familia según lo que tengas y las ganas que te queden.
El efecto es inmediato: aunque cocines lo de siempre, la semana deja de repetir. Las lentejas pueden ser guiso, ensalada templada o crema; el huevo puede ser tortilla, revuelto con verduras o huevos al horno con tomate. Lo que cambia no es tu repertorio, es que estás obligando a que ese repertorio se reparta. Si vives sola, el mismo tablero sirve con tres casillas y dos comodines de sobras.






