Creía sinceramente que dominaba el manejo de la ansiedad. No era tan complicado: solo había que hundirla bien profundo, fingir que no existía y seguir con el día y las tareas, aunque sintiera que el pecho me estallaba. Bueno, dicho así suena absurdo… Pero me tomó tiempo entender que negar la ansiedad no es la solución. Al contrario.
Durante mucho tiempo pensé que la ansiedad era algo que simplemente debía ocultarse. Reprimirla, negarla, disfrazarla —como si no existiera. Como mujer, me condicionaron a eso: seguir con tus responsabilidades aunque estés agotada.
Sigue sonriendo aunque tengas ganas de llorar.
Sigue luciendo organizada y “presentable” aunque por dentro te sientas hecha pedazos. Esta estrategia funciona un tiempo —de hecho, en ciertas situaciones puede ser útil—. Pero cuando se vuelve tu modo de vida, causa daños profundos y silenciosos.
Así vivía yo. Me acostumbré a apretar los dientes y no mostrar lo ansiosa que estaba en cada situación, y solo por la noche, bajo las sábanas, me permitía llorar o sentir miedo. Pensaba que eso era normal. Hasta que un día, sin saber bien por qué, todo cambió.
Tenía una reunión importante. El estómago en nudos, las palmas sudorosas, el corazón latiendo como si tuviera que huir. Mi primer impulso fue recurrir a los típicos auto tranquilizantes: “No es para tanto”, “Relájate”, “Un té de manzanilla te ayudará”. (En serio, ¿a quién le ha solucionado un problema real una taza de agua caliente con hierbas? ¿Quién nos convenció de eso?)
Pero ese día algo me detuvo. De repente entendí que treinta años de tensión interna no se disuelven con una bolsita de té.
En cambio, intenté algo diferente: enfrentar mi ansiedad y entender realmente qué es lo que temo.
Al principio solo pude decir: tengo miedo al fracaso. Luego profundicé: ¿por qué me da tanto miedo? Porque temo que si fallo, todo se descubra. Que no soy lo suficientemente buena y que solo he fingido serlo hasta ahora. ¿Y por qué sería un problema que eso salga a la luz? Porque entonces no me querrán. ¿Y por qué creo que el amor depende tanto de condiciones? Porque de niña aprendí que si hacía las cosas bien, era buena niña y recibía elogios. Si no, recibía frialdad o decepción.
Sentada ahí, me di cuenta con claridad: sigo aplicando las mismas reglas internas que me impusieron de niña. Pero, ¿eran justas esas reglas? ¿Es correcto que el amor hacia una niña dependa de su nota en matemáticas?
Si ahora me encontrara con esa niña con coleta y me dijera que sacó un cuatro, ¿me decepcionaría? No, para nada. Le diría: “Eres valiente y está bien equivocarse. No eres valiosa por tus logros, sino por quién eres.”
Pero si sé que eso es lo correcto para esa niña, ¿por qué no se lo digo a mi yo adulta?
¿Por qué no puedo tratar con la misma compasión y amor a la mujer en la que me he convertido? Esta revelación, aunque sencilla, sacudió mi forma de pensar.
Descubrí que mi ansiedad no es una fuerza misteriosa e invencible. Es una señal. Una brújula interna que muestra dónde están mis miedos no resueltos y las creencias de mi infancia. Y si no la niego ni la reprimo, sino que la escucho, deja de ser enemiga y se vuelve maestra.
Este cambio de perspectiva fue liberador. Claro, no desapareció toda mi ansiedad de golpe, pero ya no intento ocultarla a toda costa ni le temo; quiero entenderla. Me pregunto: “¿Qué es lo que realmente temes ahora? ¿Es tan grave?”
A menudo descubro que no. Que mi miedo viene de una creencia antigua y falsa que ya es hora de soltar.
Y ese descubrimiento vale mucho más que todas las manzanillas del mundo.











