No creo que sea obligatorio perdonar todos los traumas de la infancia. Para nada. Hay heridas que necesitan tiempo y dolores para los que no se puede dar "permiso" solo porque alguien actuó con buena intención. Cada persona tiene derecho a sus sentimientos, su enojo y su proceso.
Sin embargo, veo cada vez más a madres actuales criticando con dureza a la generación anterior por decisiones que, aunque erradas, dudo que hayan sido por mala intención.
En grupos online, posts y comentarios se escucha: “Mi madre también falló en esto y aquello, pero nosotros ya sabemos lo que es mejor.” Muchas veces el tono no busca entender o sanar, sino distanciarse con juicio. Como si necesitáramos demostrar que lo hacemos mejor.
La verdad es que la mayoría de las madres – de cualquier generación – no actúan con mala intención. Simplemente creen que están haciendo lo mejor.
Las enseñanzas como dejar llorar para dormir, las estrictas reglas de lactancia cada dos horas o la disciplina rígida no existían porque a nuestras madres no les importara nuestro bienestar. Existían porque así se creía correcto, lo decía la enfermera, el libro, el médico, la sociedad. Ese era el sistema en el que vivían y dentro de él intentaban darnos lo mejor.
¿Y nosotros? Hacemos exactamente lo mismo.
Solo que ahora el “mejor” es diferente. Cambian los consensos científicos, las tendencias, los consejos, los libros y los influencers. Hoy creemos que la crianza consciente, el colecho, el porteo, la educación reflexiva y la comunicación emocional saludable son el camino correcto, porque eso es lo que se dice.
Pero en realidad, tampoco tenemos todas las respuestas. Igual que nuestras madres. Solo tratamos de mantener la cabeza fuera del agua en este tsunami maravilloso, aterrador, inspirador y a veces abrumador que llamamos maternidad.

La diferencia es que seguimos consejos de otra época y esperamos no cometer errores que dentro de veinte años nuestros hijos nos reprocharán. Y siendo realistas, seguro que habrá algo. Algo que hoy hacemos con convicción y que luego no será lo mejor. La ciencia avanza, las recomendaciones cambian, y las ideas evolucionan. Lo que hoy parece seguro, mañana puede ser cuestionado.
Por eso, cuando nuestros hijos crezcan, espero que piensen: “Mi madre no fue perfecta, pero hizo lo mejor que pudo.”
Que entiendan que no fallamos a propósito ni causamos dolor intencionalmente. Solo fuimos personas que, en su tiempo, con el conocimiento y las posibilidades que tenían, intentaron criarnos.
Si esperamos eso de ellos, ¿por qué no podemos dárselo a nuestras propias madres?
¿Por qué es tan difícil aceptar que ellas tampoco sabían más? Que también se dejaron llevar por las expectativas sociales, que también estaban tan inseguras como nosotras ahora? ¿Por qué es tan fácil culparlas por actuar creyendo que hacían lo correcto?
Esto no significa que no podamos procesar los dolores. No significa que todo sea perdonable ni que no tengamos derecho a estar enojados. Pero junto al enojo puede caber otro sentimiento: la comprensión. Reconocer que nuestras madres fueron madres en un mundo con información, opciones y normas sociales muy distintas.
No vale la pena vivir en guerra eterna con el pasado. Porque al final, tampoco sabemos lo que hacemos. Solo amamos a nuestros hijos y esperamos ser lo suficientemente buenas. Como nuestras madres también esperaban.











