Hace poco nos visitó un nuevo amigo. Lo llamo amigo, aunque en realidad nos unió un proyecto profesional, y de esos rara vez surgen cervezas espontáneas en la cocina. Pero con él conectamos rápido y nos lanzamos con entusiasmo a compartir ideas, que poco a poco se convirtieron en una charla relajada.
Mientras hablábamos de trabajo y experiencias personales, algo más empezó a tomar forma: mi pareja y yo éramos casi 15 años mayores que nuestro invitado. Nunca lo había sentido tan cerca.
Su primera frase me impactó. Al entrar, miró alrededor y con total sinceridad dijo:
“¿En serio, ustedes tienen DVDs?”
En esa pregunta estaba todo: sorpresa, asombro y un leve miedo a haberse metido en un museo.

Intenté salvar la situación diciendo que sí, que teníamos, aunque ya no los usamos. Pero se sorprendió aún más de que alguna vez los hubiéramos tenido. Entonces cometí el error de añadir: “también tuvimos cintas VHS”.
Simplemente no podía creerlo, y nosotros empezamos a reírnos de su cara de asombro. Le contamos cómo rebobinábamos las cintas con un lápiz para escuchar música en nuestro walkman. Nuestro joven amigo dijo que eso solo lo hacía su papá. ¡Su papá! Ahí tomé un gran sorbo de mi cerveza y entendí que compartía destino con todos esos adultos que empiezan sus historias con: “cuando yo era joven”.
Pero las sorpresas no iban en un solo sentido. Nuestro amigo nos contó que en un carnaval se disfrazó de personaje de Minecraft. Lo miré sin entender porque no podía procesar que Minecraft ya existía cuando él estaba en la escuela primaria. Para mí, Minecraft sigue siendo algo “nuevo” que juegan los niños y con lo que ya no tengo nada que ver. Es en ese momento cuando uno siente que el tiempo se le escapa.

Simplemente me sentí viejo
Al final de la charla me sentí tan viejo que casi lo noté físicamente: como si me doliera un poco la espalda. Pero a la vez, me sentí bien. Reímos. Reflexionamos. Trabajamos. Y él claramente disfrutó estar con nosotros, no se quedó solo por cortesía para tomar otra cerveza.
Fue el momento en que me sentí en paz.
Porque no se puede evitar envejecer. Y no debería ser así. Envejecer es un privilegio. Algo que no todos tienen la suerte de experimentar, aunque a veces lo neguemos, lo ocultemos o lo tomemos a broma. No importa la edad que tengamos, sino qué hacemos con ella. ¿Nos encerramos en nuestros recuerdos o nos abrimos a descubrir cómo ven el mundo quienes vienen después?
Si mantenemos la mente abierta y no solo hablamos, sino que también escuchamos, la diferencia de edad no será un obstáculo, sino un valor añadido. Sí, a veces duele un poco darse cuenta de que nosotros rebobinamos con lápiz mientras ellos borran con un clic. Pero si seguimos abiertos, la edad será solo un número. Que no interfiere con el trabajo en equipo, la risa compartida —ni siquiera con una cerveza.











