Claro que hay excepciones, pero este mecanismo explica por qué es tan difícil cambiar hábitos antiguos y consolidados, especialmente en nuestro estilo de vida y alimentación. La clave está en reconocer conscientemente nuestras rutinas y hábitos, y con atención (y si es necesario, con ayuda profesional) transformarlos. Esto puede generar ansiedad, y cada persona la maneja a su manera. ¿Alguna vez pensaste que tus hábitos alimenticios dicen mucho de ti? El Dr. David Hanscom lo hizo por ti y recopiló las características más comunes al respecto:
Comes dentro de límites demasiado rígidos
Todos tenemos una relación con la comida, porque para vivir hay que comer. La necesidad de alimentarnos está profundamente arraigada en nuestro subconsciente y el impulso de comer es muy fuerte. Por eso es tan complicado seguir una dieta estricta o cambiar malos hábitos. No solo hay que vencer las necesidades físicas, sino también un gran desafío mental.
Dentro de ti hay una imagen (generalmente basada en lo que aprendiste) de cómo deberías comer. Si actúas según esas normas, te sientes bien. Pero si las desafías, experimentas disonancia y malestar, incluso si intentas mejorar. Cuanto más rígidos y altos sean tus estándares (o más arraigados desde la infancia), más energía necesitarás para ser consciente de ellos.
En estos casos, vale la pena revisar otras áreas de tu vida: ¿hay algún ámbito donde tu personalidad sea demasiado autocrítica?
Puede ser tu trabajo, la crianza de tus hijos, cómo aprovechas tus oportunidades o cómo valoras tus logros. Nuestros padres a menudo, sin querer, nos programan con la idea de que “no somos lo suficientemente buenos”, y eso también se refleja en nuestra alimentación.

Obsesión excesiva con la salud
También dice mucho de ti si comes bajo creencias muy estrictas y te castigas con pensamientos negativos. Así no solo disminuyen los placeres de la comida, sino también las fuentes de felicidad en la vida. Si te aferras demasiado a ciertas reglas alimenticias y sientes culpa cuando las rompes, esta distorsión puede afectar tu vida personal.
Por ejemplo, si comes mayormente sano pero consideras un fracaso salirte de la dieta, beber alcohol en una fiesta o comer comida rápida ocasionalmente. En realidad, estos “deslices” tienen poco impacto en tu salud si son esporádicos.
El principio de "todo o nada" puede aparecer en tus hábitos alimenticios y luego reflejarse en la vida real.
La autocrítica no tiene un límite lógico, por eso hay que elegir conscientemente disfrutar y valorar la libertad de elegir. La salud es una gran elección y lo mejor es que al mejorar tu alimentación, también mejora tu bienestar y autoestima.
Pero si eres muy estricto contigo mismo en la alimentación y te juzgas duramente, merece la pena prestar atención a cómo esto afecta tu vida personal. ¿Qué reglas autoimpuestas realmente no cumples?

La comida como fuente de placer
No solo vemos ejemplos de personas que se privan de todo placer y están siempre a dieta o se castigan si no cumplen sus reglas. También es común que alguien vea la comida como una fuente importante de alegría.
Los expertos suelen relacionarlo con patrones de la infancia, y a menudo descubren que estas personas recibían comida como recompensa cuando eran niños. Les daban helado si se portaban bien y se les negaba si no cumplían con lo esperado.
Este patrón no desaparece en la adultez y la sobrealimentación suele ir acompañada de auto-recompensa y auto-consuelo.
Hasta cierto punto, esto es normal. Por ejemplo, sabemos que el chocolate ayuda a liberar hormonas de la felicidad, mejorando el ánimo física y emocionalmente. Pero demasiado de algo bueno puede ser dañino. Si la comida es tu única fuente real de placer, eso puede afectar tu salud física y mental a largo plazo.
Reconocerlo es un gran paso, y la conciencia completa la tarea. Si logras crear distancia entre el impulso y la acción (como picar entre comidas), la intensidad disminuirá con el tiempo.











