Desde mi adolescencia, de vez en cuando reorganizaba mi vida alrededor de la báscula pensando que “si el número baja, todo será más fácil”.
Pero siempre comprobaba que mi peso no es un estado fijo, sino un número en constante cambio que me envía mensajes, aunque mi cuerpo suele entender mejor las razones que yo misma. Durante el embarazo subí muchísimo, pero dos meses después de dar a luz ya estaba más delgada que antes. En otra ocasión pensé que había entrado en la perimenopausia porque gané algunos kilos y el peso no se movía; luego tuve que guardar reposo por una operación y sin darme cuenta bajé a mi “peso de competición”.
Con los años entendí que mi cuerpo sigue su propia lógica y sabe mucho más de lo que necesito que yo misma. Fue el primer momento en que empecé a ver mi intención de perder peso con otros ojos, pero hay muchas razones por las que nunca más haré un propósito de Año Nuevo para "bajar de peso este año".

La ilusión de la promesa de perder peso
Los datos de investigación muestran cada vez más que la mayoría de las promesas sobre el peso no solo son irreales, sino que pueden ser dañinas. Durante décadas, expertos han estudiado por qué es tan raro mantener la pérdida de peso y la respuesta es clara: la mayoría de las dietas no funcionan a largo plazo. Si las dietas temporales funcionaran, bastaría con perder peso una vez y no tendríamos que luchar más con el exceso.
La realidad, en cambio, es un ciclo de pérdida, recuperación, nuevos intentos y más decepciones.
El peso no es un botón que se presiona en enero y listo. Factores genéticos, hormonales, sociales y de estilo de vida determinan si ganamos o perdemos peso, y muchos escapan a nuestro control consciente. Aun así, nuestra cultura y entorno insisten en que somos los únicos responsables y que si "queremos suficiente", seguro lograremos bajar de peso solos.

El yo-yo tiene un precio alto
Quizás el mayor problema de las dietas no es que no funcionen, sino sus efectos secundarios. Por ejemplo, el efecto yo-yo —cuando alguien pierde peso y lo recupera una y otra vez— está vinculado a peores indicadores de salud que nunca haber hecho dieta. Se asocia con inflamación, presión arterial alta, fluctuaciones en el azúcar en sangre y, al final, un peso aún mayor. Además, daña mucho la autoestima.
La mayoría pierde confianza en sí misma con cada promesa fallida, y la culpa y la vergüenza a menudo hacen más daño que el peso extra.
Pero es importante decirlo: esto no nos exime de la responsabilidad sobre nuestra salud. La salud no empieza con ayunos ni obsesionarse con números en la báscula, sino con crear hábitos estables, amorosos y sostenibles, que no castiguen ni se basen en carencias, sino en posibilidades y conciencia.

Nuestro cuerpo no es un proyecto que reiniciamos cada año
Uno de los errores más grandes de las promesas para perder peso es tratar el peso como un objetivo. Pero si la promesa se enfoca en el resultado y no en la acción, seguro termina en frustración. Además, obsesionarse con el peso puede provocar patrones alimentarios desordenados, vigilancia extrema o incluso trastornos alimenticios. De ahí a la ansiedad, la distancia preocupada hacia la comida, el ejercicio excesivo o perder el control sobre la alimentación, hay un paso.
El foco excesivo en el peso daña la conexión natural que deberíamos cuidar con nuestro cuerpo cada día.
Tras mi experiencia este año, veo claro que si algo merece ser propósito, no es el peso, sino el cuidado de mi cuerpo. Seré más atenta y comprensiva, integraré hábitos sostenibles que estén lejos de cualquier forma de castigo.











