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Le oculto a mi pareja que a veces todavía fumo, y ya no sé cómo confesarlo

Farkas Margaréta7 min de lectura
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Le oculto a mi pareja que a veces todavía fumo, y ya no sé cómo confesarlo — Salud
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Oficialmente soy exfumadora. Desde hace años. No compro tabaco, no tengo mechero en casa y, si alguien me ofrece, casi siempre digo que no. Casi siempre. Porque hay ciertas situaciones en las que, de algún modo, siempre pasa lo mismo. Y mi pareja no tiene ni idea.

No lo callé a propósito. Simplemente una vez no lo conté, luego otra, y ahora hace tanto tiempo que no lo sabe que ya no tendría que explicar solo el cigarrillo, sino también por qué nunca dije nada.

Cómo suele empezar

No empieza por la mañana. No es que esté estresada o me sienta mal y busque el consuelo del tabaco. Casi siempre llega en un momento agradable: una terraza, buena compañía, algo de vino, el verano. Alguien enciende un cigarrillo a mi lado, me llega el olor y algo se activa dentro de mí. No es un deseo, es más bien un reflejo. Antes de darme cuenta, ya he preguntado si me pueden dar uno.

Las primeras caladas siempre me sientan un poco mal: mareo, ahogo, una sensación extraña. Mi cerebro avisa de que esto ya no lo hacemos. Pero luego, no sé cómo, sigo. No porque me guste tanto, sino porque mi mano sabe dónde ponerse, el ritmo de la conversación cambia de repente y toda la escena despierta una sensación antigua y familiar.

Esas noches suelen ser mejores incluso al margen del tabaco: la charla fluye, es más fácil dejarse llevar por el momento, todo se siente más libre. Después, claro, sé que eso no es mérito del cigarrillo, sino del ambiente, del vino, de la buena gente. Pero el cerebro conecta con facilidad cosas que solo coincidieron en el tiempo, y yo, evidentemente, no soy la excepción.

Si te interesa cómo funcionan estos automatismos, quizá te sorprenda descubrir cuántos pequeños hábitos repetimos sin apenas pensarlo.

Por qué nunca lo conté

Mi pareja sabe que antes fumaba. Sabe también que soy exfumadora. Lo que no sabe es que la palabra «exfumadora», en mi caso, es una categoría algo más flexible de lo que suena.

No lo conté porque no quería dar explicaciones. No quería escuchar que es malo para la salud, porque yo también lo sé. No quería ver esa cara que dice: «entonces en realidad nunca lo dejaste». Porque puede que tuviera razón.

Pero hay algo más. El tabaco es un terreno raro dentro de la pareja. No es como confesar que a veces como chocolate de madrugada o que me salté el entrenamiento. El cigarrillo pesa: salud, promesas, autocontrol. Si digo «bueno, a veces sí», cambio la imagen que había pintado de mí misma. Y también la que él tiene de mí. Esa imagen sobre la que probablemente decidió algo cuando empezamos.

Al principio pensaba que se lo diría en algún momento. Cuando ya no fuera para tanto. Pero ese momento nunca llegó; siempre había algo que hacía que no fuera la mejor ocasión. Luego pasó el tiempo, y cuanto más largo era el silencio, más difícil resultaba romperlo.

El precio del secreto

Ocultarle algo a tu pareja es una inversión de energía pequeña, pero constante. Me lavo los dientes dos veces, uso espray, y si alguien nota olor a tabaco en mí, suelto un «alguien fumaba a mi lado», que a veces hasta es verdad, solo que yo también me uní. Sé que es ridículo. Sé que si él hiciera lo mismo, yo lo notaría. Y aun así no lo digo.

Hay una paradoja extraña en todo esto: cuanto más lo oculto, más grande será el problema si algún día sale a la luz.

No es el cigarrillo lo que me da miedo, sino que se descubra cuántas ocasiones tuve para contarlo y en ninguna lo hice. Eso ya es algo distinto de un simple «bueno, fumé un par de veces». Eso demuestra que tomé una decisión: la de que él no lo supiera.

Y esa decisión es un poco irreversible, porque si lo cuento ahora, el mes anterior (y los anteriores a ese) también se ven distintos mirando atrás.

Quizá sea porque lo que oculto no es realmente el tabaco. Sino el hecho de que no soy tan disciplinada como aparento. De que hay una parte de mí que no consigo controlar del todo. Y eso sería una confesión mucho mayor que un simple cigarrillo.

Lo que pienso cuando lo analizo con la cabeza fría

Durante el día, en situaciones normales, cuando repaso todo esto me siento un poco rara. No tengo remordimientos; más bien me veo como alguien que creó una situación y ahora ya no entiende del todo cómo llegó hasta aquí.

Visto racionalmente: he fumado unas pocas veces al año, no fumo de forma habitual, no me compro tabaco y no pienso volver a empezar. Es algo muy pequeño, muy ocasional. Nada por lo que valga la pena montar un drama. Y sin embargo, monté un drama al callarlo.

Al convertir el doble cepillado de dientes en un ritual automático que hago sin pensar cuando esa noche salió «así». Este secreto saca a relucir algo que no me gusta plantearme: ¿hasta qué punto decido yo sola qué merece contarse y qué no? ¿Y de quién es esa decisión, si se trata de los dos?

¿Merece la pena confesarlo?

No lo sé. Hay días en que pienso en soltarlo sin más, de forma casual, como una tontería. «¿Sabes? A veces todavía fumo, cuando hay buen ambiente.» Pero luego imagino lo que vendría después. Cómo me miraría. Ese breve silencio que suele aparecer antes de que alguien reacciona a algo que no esperaba. Y prefiero no hacerlo.

Aunque, mirándolo con lógica, no sería para tanto. Seguramente él también sabe cosas de sí mismo que yo desconozco. Seguramente tiene sus propios rincones que no revela automáticamente. Así es la vida. En una pareja no todo fluye libremente, y no porque sea mentira, sino porque uno también se reserva ciertos espacios para sí mismo.

Pero con esa parte sí que lucho. Porque esto no es solo asunto mío, es de los dos, y haber decidido que él no lo sepa es un poco como apropiarme de una decisión que quizá no debería tomar yo sola.

Y entonces vuelvo al mismo punto: se lo diré. Tal vez cuando ya no lo haga. O tal vez nunca, y quede como un pequeño secreto que no hizo daño a nadie. Hasta entonces, me quedo con el doble cepillado de dientes.

¿Es normal fumar de forma tan ocasional después de haberlo dejado?

En el relato es algo muy poco frecuente, ligado a momentos concretos y agradables, no a un consumo habitual. Aun así, la protagonista reconoce que sigue siendo tabaco y que no piensa volver a empezar de verdad.

¿Por qué cuesta tanto confesar un secreto pequeño a la pareja?

Porque cuanto más tiempo pasa callando, más grande se vuelve el asunto si sale a la luz. Ya no habría que explicar solo el hecho en sí, sino también por qué nunca se dijo antes.

¿Es una mentira reservarse ciertas cosas dentro de la pareja?

Según la protagonista, no todo tiene que fluir libremente entre dos personas. Cada uno se reserva ciertos espacios propios, y eso no siempre equivale a mentir.

¿Qué es lo que realmente le cuesta admitir?

Más que el cigarrillo, le cuesta reconocer que no es tan disciplinada como aparenta y que hay una parte de sí misma que no controla del todo. Esa sería la confesión más difícil.

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