Siempre he tenido muchos amigos chicos, y de alguna forma sentí natural ganarme su respeto: que me trataran como igual. Ahora que lo escribo, me doy cuenta de lo triste que es tener que luchar por eso.
Desde adolescente tenía claro que nunca quise ser “la chica del grupo”, alguien con reglas distintas. Y en general, funcionó. Jugábamos, discutíamos, luego salíamos juntos y siempre teníamos opiniones firmes sobre todo.
Ahora que somos adultos, nuestras charlas cotidianas siguen llenas de frases que me hacen sentir que mis amigos juzgan a la mayoría de las mujeres con otra mirada. No es contra mí (¿o no me lo tomo personal?), sino hacia las mujeres en general, muchas veces hacia sus parejas. Aunque suelen decirlo en broma, ya veo claro esos viejos prejuicios. Desde que leí Mujeres que sufren, veo todo diferente. Detecto esos pequeños deslices que no siempre son malintencionados, pero sí muy misóginos.
También me hace pensar que entiendo el punto de vista masculino. Escucho mucho sobre las expectativas que pesan sobre ellos: ser siempre fuertes, ganar más, no mostrar debilidad, no ser emocionales, mantenerse orgullosos. Son cargas reales para ellos. Por eso creo que la igualdad no es solo para nosotras, sino también para ellos, porque vivirían mejor en un mundo donde su género no dictara qué “deben” o “pueden” hacer.
“¿Por qué tanto odio hacia los hombres?”
Siento que con esta frase mis amigos intentan esquivar el tema. Como si luchar por la igualdad de las mujeres fuera una especie de venganza. Pero en realidad se trata de que todos seamos más libres. Los hombres también sufren las expectativas: que siempre deben ser fuertes, que pedir ayuda es vergonzoso, o que su valor depende del coche que manejan. Una vez un amigo se quedó callado cuando mencioné que las normas patriarcales también los aprietan a ellos.
“Ya no hace falta el feminismo”
Esta frase suena como un aplauso: “Bien hecho, chicas, ya está todo resuelto”. Pero la realidad es otra. Están las diferencias salariales, el trabajo invisible en casa, los chistes sexistas que siguen apareciendo en los medios, y la escasa presencia femenina en política y espacios públicos.
Para no hablar solo en abstracto: he escuchado que en algunos trabajos esperan automáticamente que la compañera organice cumpleaños o decore la oficina en Navidad, solo por ser mujer. Son detalles que parecen pequeños, pero muestran que aún falta mucho por cambiar.
“Créeme, los hombres también tienen problemas”
Es verdad, pero no contradice lo que decimos. Nadie niega que los hombres enfrentan dificultades. ¡Qué curioso! Que sea un hecho que a un hombre le cueste, pero cuando hablamos de las mujeres, enseguida cambian el foco: “¿Quieres decir que para los hombres todo es fácil?” Eso es invalidar. En vez de escucharnos, la conversación se vuelve una competencia.
“Los hombres no nacieron para la monogamia”
He escuchado esta frase muchas veces, a menudo en broma, como si fuera un hecho biológico que debemos aceptar. Los hombres insinúan que es natural para ellos “mirar a otro lado” porque “así es su naturaleza”. Pero si una mujer lleva un estilo de vida parecido —como tener más parejas que el promedio o disfrutar salir a citas— la tildan de ligera, poco confiable o “no apta para ser madre”.
La doble vara de medir es clara: lo que para un género es audaz y tolerado, para el otro es una mancha. La fidelidad o el deseo de libertad no dependen del género, sino del tipo de relación, necesidades y valores que tenemos.
“Los hombres simplemente son mejores líderes”
Este es uno de los argumentos más difíciles de refutar para quienes lo creen, ya que en muchos lugares hay más hombres en cargos de liderazgo. Pero eso no significa que sean mejores; al contrario, varios estudios lo demuestran. Además, la doble vara sigue vigente: a un hombre en ese rol lo llaman decidido y lo reconocen, mientras que a una mujer la ven fría y ambiciosa, que sacrificó la familia por egoísmo. Un hombre es un líder “duro”, una mujer es una “hárpia” insoportable. Pero las cualidades de un buen líder no dependen del género. Es injusto y una pérdida para todos ver cómo muchas mujeres talentosas se quedan en niveles bajos.
“Que se sienta afortunada de estar con él, ¿qué otro hombre le permitiría eso?”
Escuché esto hace poco sobre una amiga. Es madre, pero no renunció a su libertad: va a festivales, hace senderismo y se anima a planear salidas los fines de semana. No porque sea mala madre, sino porque sabe que necesita esos momentos para recargarse. Su esposo, más casero, la apoya totalmente.
Cuando hablamos de esto, un amigo bromeó: “Que se sienta afortunada de haber encontrado a un tipo así, porque otro no se lo permitiría”. Aunque sonó a chiste, detrás está la expectativa de que una mujer debe siempre adaptarse, quedarse en casa y no “sobresalir”, mientras que para los hombres es natural seguir siendo ellos mismos después de formar una familia.
Cuando escucho estas frases de mis amigos, me siento triste y esperanzada a la vez. Triste porque veo lo lento que se borran los viejos prejuicios. Y esperanzada porque cada conversación, cada frase que se analiza, es una oportunidad para que ellos también vean el mundo con otros ojos y entiendan nuestro punto de vista.
No debemos conformarnos con que algo sea “suficientemente bueno”. Le debemos eso a nuestros antecesores que lucharon por derechos tan importantes como el voto, la herencia, firmar contratos, el divorcio, el acceso a la universidad o a métodos anticonceptivos... Porque ninguno de estos fue un derecho garantizado en los últimos 100 años.











