Llevo años en una relación estable y equilibrada, de esas en las que el drama romántico parece algo muy lejano. No echo de menos el caos de la soltería ni la montaña rusa de las primeras citas. Y sin embargo, de vez en cuando, las redes sociales me recuerdan que el mundo no siempre respeta esas fronteras tan claras.
Cuando un desconocido me escribe, puedo entenderlo —aunque no me guste—. La ley de los grandes números: alguien lanza el anzuelo a muchas personas esperando que alguna pique, incluso cuando en mi perfil queda bastante claro que estoy en pareja. Pero lo que de verdad me descoloca es otra cosa: que hombres conocidos, casados, y que saben perfectamente que yo también tengo pareja, se atrevan igualmente a dar ese paso.
En los últimos seis años, me ha pasado tres veces
No hablo de amigos íntimos ni de personas con las que tenga una relación cercana. Son conocidos de toda la vida, gente con la que te cruzas en el supermercado y te saludas con dos besos. Sus mujeres me suenan de vista. Vivimos en una ciudad pequeña donde todos nos conocemos, y es habitual pedirse favores o consejo por mensajes. Así que cuando alguno de ellos me escribió por primera vez, no se me pasó por la cabeza sospechar nada. Respondí con buena fe, pensando que necesitaba ayuda con algo concreto.
Un amigo mío —el mejor que tengo, y hombre— me habló hace tiempo de este tema con mucha claridad. Su consejo fue tajante: no respondas nunca a ese tipo de mensajes. Según él, da igual lo que contestes, cualquier respuesta es echar leña al fuego.
Aun así, la última vez me pilló tan desprevenida que respondí. No sospeché nada malo hasta que quedó clarísimo: el hombre, sin ningún reparo, intentó ligar conmigo abiertamente. Y lo más llamativo es que solo lo dejó cuando estuve semanas sin contestarle absolutamente nada.
Desde entonces, verlos por la calle se ha vuelto incómodo
Su mujer me sonríe igual que siempre cuando nos cruzamos, y yo me quedo ahí, dándole vueltas. ¿Tienen una relación abierta y ella lo sabe todo? ¿No tiene ni idea? ¿O lo sabe y en el fondo me está agradecida por no haberle seguido el juego a su marido? La incertidumbre es agotadora. Pero con el tiempo me di cuenta de que esa incertidumbre es casi la mejor versión del problema.
En las otras dos ocasiones, en cuanto respondí los mensajes, de alguna manera yo me convertí en la villana de la historia. Como si yo hubiera intentado seducir a sus maridos, cuando la realidad era exactamente la contraria.
No sé qué contaron ellos en casa, ni qué callaron. No sé cuánto de lo que percibo en la actitud de sus mujeres es real y cuánto me lo estoy imaginando yo. Puede que no haya cambiado nada y que solo sea yo quien lo vea todo distinto desde que sé lo que pasó. Pero hubo señales que me hicieron sentir que empezaban a tenerme celos a mí, a mí que no había hecho absolutamente nada para provocarlo.
En este juego, a las mujeres solo nos reparten cartas malas
Quizás eso es lo más injusto y lo más agotador de todo: en una situación así, una mujer sale perdiendo aunque no haya iniciado absolutamente nada. Hay algo profundamente absurdo en que tengas que sentirte mal por algo que tú no has hecho, como si fuera tu responsabilidad vigilar lo que un hombre decide hacer con su fidelidad y sus compromisos.
Si respondes el mensaje, lo interpretan como una invitación. Si no respondes, eres una estirada que se cree demasiado. Si eres amable y educada, es ambiguo. Si eres fría y distante, también. Hagas lo que hagas, estás jugando en un partido al que nadie te invitó, y te están juzgando personas que ni siquiera se molestaron en leer las reglas.
Y lo más irónico es que mientras nosotras nos pasamos días analizando qué decir, cómo actuar y qué pensarán los demás, ellos probablemente no perdieron ni un segundo el sueño. Enviaron un mensaje a ver si había suerte, no la hubo, se encogieron de hombros y volvieron al sofá con sus mujeres.
Mi amigo tenía razón, otra vez: por mucho que parezca arrogante, un mensaje sin respuesta es el mensaje más claro que existe. Pero mientras tanto, no puedo dejar de pensar en lo mucho que nos costaría, como mujeres, dejar de vernos como amenazas las unas a las otras y empezar a ver quién repartió realmente esas cartas tan malas.
¿Por qué me siento culpable si no hice nada malo?
Porque en este tipo de situaciones el relato lo controla quien actúa primero. Cuando el hombre define la narrativa en casa, la mujer ajena queda en una posición muy difícil de defender, aunque no haya hecho nada reprochable.
¿Debería haber ignorado los mensajes desde el principio?
Según el consejo más honesto que recibí: sí. Responder, incluso con buena intención, puede interpretarse como una apertura. Un silencio sostenido es el límite más difícil de malinterpretar.
¿Por qué las mujeres terminan enfrentadas en lugar de apoyarse?
A menudo porque la información que manejan es incompleta o directamente falsa. Cuando los celos aparecen sin motivo real, suele haber alguien que ha omitido o distorsionado lo que pasó realmente.
¿Qué dice esto de las relaciones en ciudades pequeñas?
Que la convivencia cercana y el conocerse de toda la vida no garantizan el respeto. A veces, precisamente esa familiaridad hace que algunos hombres perciban menos riesgo al cruzar ciertos límites.











