Hasta los cuarenta años creí que era lo normal. Que había familias donde no había abrazos, donde nadie decía "te quiero", y que eso estaba bien porque al menos no había gritos. Fue un sábado por la tarde, sentada en la cocina de mi madre, dando vueltas a una taza de café, cuando me di cuenta de que llevaba décadas cargando con algo que nunca me había atrevido a decir en voz alta.
La mesa de la cocina era la misma de mi infancia, solo el hule había cambiado un par de veces. Mi madre estaba de espaldas frente al fregadero, como siempre que había algo importante que decir. Yo miraba esa espalda ligeramente encorvada y sentía que me temblaban las manos alrededor de la taza. No había planeado esa conversación. Simplemente me salió cuando mi hija, que entonces tenía seis años, vino corriendo desde el salón y me abrazó, así, sin más, sin ningún motivo.
Una frase que tardé cuarenta años en pronunciar
Fue entonces cuando hablé. Le dije:
«Mamá, tú nunca me abrazaste cuando era pequeña.»
No sonó como un reproche. Más bien como una constatación que necesitaba salir de mí de una vez. Mi madre se giró, todavía con el estropajo en la mano, y me miró en silencio durante unos segundos. Recuerdo que el grifo seguía abierto, y ese sonido me pareció más fuerte que los latidos de mi propio corazón.
Me respondió que a ella tampoco la habían abrazado nunca. Que mi abuela había sido una mujer dura que trabajaba de madrugada hasta el anochecer y no le quedaba tiempo para los sentimientos. Que ella creyó que si me daba de comer, si me mandaba al colegio con la ropa planchada, si siempre estuvo en las reuniones de padres, eso era querer, solo que a su manera.
Me di cuenta de que toda mi vida había esperado de ella el amor que nunca recibió, y que por eso tampoco supo cómo dármelo.
No sentí rabia, pero tampoco se resolvió todo
Lo extraño es que no me enfadé. O más bien, la rabia que había dormido dentro de mí durante décadas se disolvió en ese instante. No porque la perdonara de golpe —esto no era una escena de película donde todo acaba en lágrimas y abrazos—. Mi madre no me abrazó ni en ese momento. Solo se quedó ahí, estrujando el estropajo, y dijo: «No sabía que esto te importaba tanto.»
Esa frase fue la que más dolió. No que nunca me hubiera abrazado, sino que en cuarenta años no se hubiera dado cuenta de cuánto me faltaba. Que la ausencia de contacto físico se convirtiera en el silencio en el que crecí, y que después me llevé a mi propio matrimonio, donde yo también tuve que aprender lo que se siente cuando alguien te abraza sin ningún motivo concreto.
Mi hija lo tiene naturalizado, y eso lo es todo
Desde entonces abrazo a mi hija cada día, quizás demasiadas veces, como si quisiera compensar algo que no tiene solución hacia atrás. Con mi madre seguimos viéndonos cada semana, tomando café en la misma mesa, y a veces, cuando me marcho, ella me coge el brazo un momento. No es un abrazo, pero es algo que antes no estaba ahí.
No sé si aquella tarde esperaba que algo cambiara radicalmente. Quizás pensé que una sola frase podría borrar cuarenta años de silencio. No fue así. Pero al menos ahora las dos sabemos que ese hueco existe entre nosotras, y ya no tenemos que actuar como si nunca hubiera estado.
¿Por qué cuesta tanto decirle a una madre lo que nos faltó?
Porque durante años hemos normalizado esa carencia, convenciéndonos de que "así era ella" o de que no era para tanto. Hablar implica reconocer que nos dolió, y eso requiere una vulnerabilidad que muchos no hemos aprendido a mostrar.
¿Es posible sanar una herida así de adulta?
Sí, aunque no de golpe. Nombrar lo que faltó es el primer paso. No garantiza que la otra persona cambie, pero sí permite dejar de cargar en silencio con algo que no fue culpa tuya.
¿Cómo afecta la falta de afecto físico en la infancia a las relaciones adultas?
Tal como se describe en el artículo, esa ausencia puede convertirse en un patrón que se traslada a la pareja y a la familia propia. Reconocerlo es clave para no repetirlo con los hijos.
¿Qué pasa si la madre nunca reconoce lo que ocurrió?
A veces, como en esta historia, la respuesta no es el reconocimiento que esperábamos, sino una explicación de por qué tampoco ella lo recibió. Eso no borra el dolor, pero puede ayudar a entenderlo desde otro lugar.











