Hay vecinos que te ponen a prueba. Y luego están esos vecinos, los que te llevan al límite hasta que no te queda más remedio que actuar. Estas son historias reales de personas que encontraron soluciones de lo más ingeniosas —y a veces brutalmente efectivas— para lidiar con los vecinos más insoportables del mundo.
Fuerzas oscuras
Los vecinos de al lado, un matrimonio muy devoto, tenían la costumbre de arrastrar mis cubos de basura hasta la entrada de mi garaje. Cada vez que llegaba a casa tenía que bajarme del coche para apartarlos. Con el tiempo se pusieron más agresivos: empezaron a volcarlos y a esparcir la basura por el suelo.
Como no podía demostrarlo, decidí hacer lo que haría cualquier persona razonable en mi situación: una noche, mientras estaban en el jardín, me puse maquillaje de cadáver y una sudadera negra con capucha. Salí, esparcí sal en círculo alrededor de mi entrada y me puse a cantar en voz baja de forma rítmica. Me miraron horrorizados y en silencio. Cerré la actuación con un solemne «gracias, Satanás» y entré en casa. No volvieron a tocar mis cubos jamás.
El mirón
El vecino de enfrente me miraba el escote cada vez que nos cruzábamos. Lo toleré durante un tiempo, pero cuando empezó a hacer comentarios sobre mi cuerpo, decidí actuar. La próxima vez que lo vi, le entregué un sobre. Me preguntó qué había dentro. Le guiñé el ojo con aire misterioso y le dije que eran fotos.
Lo abrió con entusiasmo. Dentro encontró una docena de fotos ampliadas de penes. Desde ese día no me saluda ni me mira. Plan ejecutado a la perfección.
Radical pero efectivo
El chico del piso de arriba se pasaba las noches riendo a carcajadas y poniendo música a todo volumen con su nueva novia. Varios vecinos le dijimos algo, pero le importaba poco. Un día, sabiendo que ella salía antes al trabajo, dejé una nota en su felpudo. Solo decía que ella no era la única mujer que subía a verle. No la volvimos a ver nunca más.
Karma instantáneo
El vecino robaba agua de nuestro grifo del jardín, y tanto, que se notaba en la factura. Siempre lo negaba y no podíamos hacer nada. Una fría noche de invierno volvió a llevarse dos cubos de agua a su porche, pero lo que derramó se congeló antes del amanecer. Resbaló, se golpeó la cabeza y murió.
Dos pueden jugar a ese juego
Una chica se mudó al piso de al lado. Nos presentamos, parecía simpática. La primera noche, a la una de la madrugada, llegó su novio y estuvieron dos horas con un sexo escandaloso y a todo volumen. Al día siguiente nos cruzamos en el portal y me preguntó qué tal había dormido. Le dije que mal, que había habido mucho ruido. Me respondió que ella no había oído nada, que se había acostado pronto y dormido de un tirón.
Levanté una ceja, pero no dije nada. A la noche siguiente, en cuanto empezaron con el espectáculo, yo ya estaba preparada: cogí dos altavoces, me subí a la cama y los pegué al techo a todo volumen con la canción del Oso Gominola en bucle. Cinco minutos después, llamaron a mi puerta.
Apagué las luces y abrí parpadeando, como si acabara de despertar. Dije con toda la inocencia del mundo que yo no había oído nada, que estaba profundamente dormida. Nos miramos en silencio unos segundos. Se dio la vuelta y se fue. Desde entonces son capaces de tener sexo sin que se entere el edificio entero.
Con su propia medicina
Un matrimonio se mudó encima de mí con un niño imposible de controlar. El crío dormía toda la tarde y se pasaba la noche entera corriendo, golpeando el suelo, gritando y haciendo ruido. Les avisé tres veces con mucha educación. La madre me respondió que así era el ciclo de sueño de su hijo y que ella no podía hacer nada.
Así que decidí tomar cartas en el asunto: empecé a taladrar y martillar cada tarde justo cuando el niño dormía. Bajaron a quejarse dos veces, pero les recordé que estaba en mi derecho de hacer obras a esa hora. En cinco días, el niño aprendió a dormir de noche.
La vecina del cuento
Un día llamó a mi puerta la vecina para decirme que le habían diagnosticado cáncer y que «le apetecía un poco de bizcocho». Me dio pena y le horneé uno. Resultó que había recorrido todo el edificio con la misma historia, diciendo que la quimioterapia le había hecho caer el pelo y pidiendo dulces a todo el mundo.
Un mes después, su propio hijo colgó un aviso en el tablón comunitario explicando que su madre no tenía cáncer, solo diabetes leve. Y que se había afeitado la cabeza para conseguir pasteles, ya que él no se los compraba porque no podía comerlos. La verdad es que ya me había parecido raro que solo le hubiera caído el pelo y no las cejas ni las pestañas.
Favor devuelto
El vecino dejaba salir a sus perros, que cruzaban a nuestra parcela a hacer sus necesidades. Un día lo vi con mis propios ojos enviándolos adrede a nuestro jardín. Les di guantes de goma a mis hijos y les prometí una recompensa si recogían todos los excrementos de perro que encontraran en la calle. Volvieron con una bolsa bien llena.
De madrugada, repartí el contenido con cuidado por todo el césped verde del vecino. Captó el mensaje a la primera.
El espectáculo de la ventana
La vecina de enfrente tenía la costumbre de mostrarse desnuda frente a su ventana cuando yo estaba en la cocina, ya que nuestras ventanas se miraban de frente. Nunca me gustó, y mucho menos cuando mi novia se vino a vivir conmigo. Un día me acerqué yo también a la ventana —ella interpretó eso como una invitación y empezó a tocarse— y entonces cogí el cubo de la basura y actué como si fuera a vomitar dentro. Se ofendió tanto que no hubo más espectáculos.
El que mueve muebles a las 3 de la mañana
El chico que vive encima de mí tiene la extraña costumbre de reorganizar su habitación todas las madrugadas entre las 2 y las 4. No sé qué le entra a esa hora, pero ya no podía más. Hace poco me vi obligado a meterle un poco de crema de atún por el ojo de la cerradura para ver si así se daba cuenta de lo molesto que puede ser el ruido ajeno a deshoras.
A veces, con los vecinos, no queda otra que hablar su mismo idioma.











