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No es que seas quisquilloso: por qué odias la textura de algunos alimentos aunque te encante su sabor

Farkas Izabella5 min de lectura
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No es que seas quisquilloso: por qué odias la textura de algunos alimentos aunque te encante su sabor — Salud
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Hay quien se estremece cuando el tenedor atraviesa la piel del tomate y las semillas gelatinosas se escurren por el plato. Otros apartan los champiñones al borde de la fuente, aunque les encante su sabor dentro de una salsa: lo que no soportan son esos trozos correosos y resbaladizos en la boca.

Si alguna vez has dicho —o escuchado— la frase «no es el sabor lo que me molesta, es cómo es», entonces ya conoces el fenómeno que los investigadores llaman problema del mouthfeel, es decir, la sensación táctil en la boca.

Este rechazo es sorprendentemente común y tiene una base científica mucho más seria de lo que parece. No hablamos de un capricho ni de un paladar malcriado, sino de un antiguo sistema de alerta heredado de nuestros antepasados.

Cuando la lengua importa más que la nariz

Solemos atribuir el placer de comer al trabajo de nuestras papilas gustativas y del olfato, pero la respuesta táctil de la boca es igual de determinante. La lengua, las encías y la superficie de la garganta están llenas de receptores que no perciben el sabor, sino la textura, la temperatura y el movimiento.

Cuando un alimento resulta demasiado viscoso, demasiado correoso o se deshace de forma inesperada en la boca, esos receptores avisan al cerebro de inmediato, muchas veces incluso antes de que hayamos decidido si el bocado nos gusta o no.

El interior del tomate encaja justo en esta categoría. La masa gelatinosa que rodea las semillas ofrece una sensación completamente distinta a la de la pulpa, y ese cambio brusco despierta un rechazo instintivo en muchas personas, aunque por lo demás les encante el sabor del tomate.

Una alarma ancestral que a veces se pasa de rosca

Según los investigadores, esta sensibilidad no es un defecto, sino el vestigio de un antiguo mecanismo de supervivencia. Durante milenios, el cuerpo humano estuvo «entrenado» para asociar las texturas viscosas, extrañamente blandas o que se deshacen de repente con la descomposición o con sustancias tóxicas.

La carne en mal estado, la fruta con moho o los lácteos pasados provocan precisamente esa sensación en la boca: resbaladiza, pegajosa, imposible de controlar.

Nuestro cuerpo suele decidir antes que la parte consciente del cerebro, y esa cautela instintiva a veces se activa incluso con alimentos totalmente inofensivos.

Esto explica por qué algunas personas reaccionan con más intensidad a la textura esponjosa y correosa del champiñón, o a la yema de huevo poco cuajada, mientras que para otras esos son sus bocados favoritos. Nuestro sistema nervioso no juzga el alimento de forma racional: ejecuta en segundos un patrón grabado desde hace miles de años.

¿Por qué esta sensibilidad no es igual en todos?

El grado de aversión a las texturas varía muchísimo de una persona a otra, y en ello influyen la genética, los hábitos alimentarios de la infancia y también lo sensible que sea el sistema nervioso de cada boca.

Hay quienes tienen esta sensibilidad tan marcada que rechazan casi cualquier alimento cremoso o fibroso, mientras que a otros solo les incomodan uno o dos platos concretos: lo resbaladizo de la cebolla cocida o la textura correosa de los mejillones, por ejemplo.

Tampoco es un detalle menor que los niños sean especialmente sensibles a este fenómeno. Según la lógica evolutiva de la primera infancia, cuanto más precavido es alguien ante alimentos desconocidos o de textura extraña, más posibilidades tiene de evitar una intoxicación en una etapa de la vida en la que todavía no distingue los bocados seguros de los peligrosos.

Esta puede ser una de las explicaciones de por qué tantos niños rechazan el champiñón o la berenjena y luego, ya de adultos, terminan disfrutándolos, cuando la experiencia se impone al instinto.

No es un capricho, es una diferencia de percepción

Mucha gente ha oído toda su vida aquello de «acostúmbrate» o «no seas tan tiquismiquis», pero la sensibilidad a las texturas no es una cuestión de fuerza de voluntad. El cerebro procesa literalmente el tacto dentro de la boca de forma distinta en una persona que en otra, igual que reaccionamos de manera diferente a los sonidos o a las luces.

Este hallazgo ha supuesto un alivio para muchos padres y para no pocos cocineros de restaurante, al descubrir que el comensal o el niño no está haciendo remilgos, sino siguiendo un patrón de percepción real y bien documentado.

Por eso, cada vez más cocinas cuidan ofrecer un mismo ingrediente en varias texturas —desde el tomate en puré hasta la versión en rodajas y sin semillas—, para que cada uno encuentre la forma en la que su sabor favorito luzca sin la textura que le molesta.

¿La aversión a las texturas es lo mismo que ser quisquilloso con la comida?

No. Según el artículo, no se trata de un capricho ni de fuerza de voluntad, sino de un patrón de percepción real: el cerebro procesa el tacto en la boca de forma distinta en cada persona.

¿Por qué puede molestarme la textura de un alimento aunque me guste su sabor?

Porque la boca tiene receptores que perciben la textura, la temperatura y el movimiento, no solo el sabor. Cuando algo resulta demasiado viscoso o correoso, esos receptores avisan al cerebro antes de que valores el sabor.

¿Qué origen tiene esta sensibilidad a las texturas?

Sería el vestigio de un antiguo mecanismo de supervivencia. Durante milenios asociamos las texturas viscosas o que se deshacen de repente con alimentos en mal estado o tóxicos, y esa alerta a veces se activa con comidas inofensivas.

¿Por qué muchos niños rechazan alimentos que luego aceptan de adultos?

Porque en la infancia la cautela ante texturas desconocidas ayudaba a evitar intoxicaciones. Con el tiempo, la experiencia termina imponiéndose al instinto y muchos acaban disfrutando de esos mismos alimentos.

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