Aunque nos gusta pensar que "todo ha cambiado", ciertos reflejos siguen muy arraigados. Por ejemplo, la idea anticuada de que la sexualidad de las mujeres sigue siendo un arma para silenciarlas, avergonzarlas o "ponerlas en su lugar". Como si el paso del tiempo, el progreso social y la ampliación de los derechos de las mujeres fueran solo un decorado, pero el guion siguiera igual que hace cien años.
Antes era evidente que el valor de una mujer se medía por su "inocencia". Hoy pocos lo dicen abiertamente, pero la misma lógica aparece en versiones más sutiles o disfrazadas de modernidad. Por ejemplo, cuando en una discusión alguien saca el as bajo la manga de que "sí, y además hizo porno". Como si eso dijera algo sobre su pensamiento, preparación profesional, opinión política o calidad humana. Como si tras esa frase no hubiera más preguntas, más argumentos o más debate.
La sexualidad usada para intimidar y castigar no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma.
En la era digital esto se llama, por ejemplo, porno de venganza: la difusión, chantaje o publicación sin consentimiento de imágenes íntimas. Y aunque sabemos que esto es violencia, abuso y delito, las reacciones sociales aún revelan mucho sobre quién carga con la vergüenza.

Curiosamente, el hombre que aparece en el mismo video rara vez es objeto de burla pública. Su credibilidad, opinión y estatus humano no se cuestionan. Pero la mujer sí. Como si lo ocurrido fuera solo su "culpa". Como si el sexo no fuera una decisión compartida entre dos (o más) personas, sino un acto que automáticamente "califica" a la mujer —hacia abajo.
La verdad es simple y aburrida: el sexo consensuado no tiene nada de qué avergonzarse. Ni si se graba con cámara. Ni si alguien decide subirlo a internet. Una mujer adulta tiene derecho sobre su cuerpo y a decidir qué hace con él, a quién lo muestra y bajo qué condiciones. No es provocación, ni postura política, ni asunto público: es una decisión autónoma.
Claro que se puede sentir "yo nunca haría eso". Y está bien. Cada quien tiene sus límites y valores, y no todos deben vivir su sexualidad igual. El problema empieza cuando alguien usa sus propios límites como medida universal para invalidar a otros.

Es especialmente repulsivo cuando la desnudez, el pasado sexual o una grabación de una mujer se usan como "contraargumento" en debates políticos o públicos.
Cuando alguien lo exhibe en un post público: mira, aquí está, así es, ¿qué quiere? Como si la desnudez automáticamente excluyera a alguien del pensamiento común, de hacer preguntas o de rendir cuentas. Como si quien alguna vez fue "así" ya no pudiera ser un "buen" ciudadano con "buenos" derechos.
Este pensamiento no dice mucho sobre la mujer, sino sobre quien lo usa. Sobre lo desesperado que está por agarrarse de un recurso barato cuando se queda sin argumentos. Sobre lo natural que le parece humillar a otros si no se quedan callados. Y también sobre que para esa persona la autonomía de las mujeres sigue siendo condicional: válida solo si "se comportan bien".
No es vergonzoso que alguien haya hecho porno. Lo vergonzoso es usar eso como la carta más fuerte en una discusión. Porque no demuestra superioridad moral, sino vacío intelectual y ético. Y si hay algo que realmente merezca nuestro rechazo, es eso.











