Artículo de opinión: Schuszter Borka
Recuerdo ese momento con mucha claridad. Mi hija tendría unos seis meses, estábamos justo en ese delicado momento entre el sueño y la vigilia, cuando de repente sonó una sirena en la calle. Se sobresaltó y empezó a llorar. La cogí en brazos, la abracé, y en pocos minutos se calmó. Se relajó en mis brazos y, poco a poco, con respiraciones profundas y su carita apoyada en mi brazo, se quedó dormida.
Allí estaba yo, acostada a su lado, observando su respiración, cuando de repente me di cuenta: yo soy su seguridad. Soy ese punto al que puede volver, donde todo estará bien. Y no sentí esto como una carga, sino como una sensación profunda y cálida. ¡Qué privilegio tan grande!
Pero casi de un momento a otro, algo cambió. Como si una puerta vieja y bien cerrada en mi alma se hubiera abierto de golpe. Recuerdos, emociones y miedos que había mantenido guardados durante años, incluso décadas, afloraron. Esas experiencias de la infancia que siempre minimicé —como “no fue para tanto” o “otros lo pasaron peor”— perdieron esa capa suave que usaba para amortiguarlas. Estaban ahí, crudas e indiscutibles.
Y el pensamiento más fuerte fue: nunca permitiría que eso le pasara a ella. Esa frase fue a la vez protectora y acusadora. No solo hablaba del presente, sino también del pasado. Porque si no dejo que le pase a mi hija, entonces no está bien que le haya pasado a la niña que yo fui.

Más tarde, cuando consulté a una psicóloga sobre esta experiencia, ella me tranquilizó casi de inmediato: esto es muy común. Muchas personas comienzan a enfrentar sus traumas infantiles no resueltos justo cuando se convierten en padres.
Al principio puede parecer extraño, porque toda nuestra atención está en la nueva vida. Pero es precisamente eso lo que hace que lo antiguo salga a la superficie. La total vulnerabilidad de un bebé y la confianza absoluta con la que se dirige a nosotros inevitablemente nos reflejan.
No solo vemos qué necesita el bebé, sino también qué necesitábamos nosotros.
Al convertirnos en madres, también nos reencontramos con nuestro niño interior
Porque cuando meciamos a un bebé que llora, cuando lo calmamos, cuando respondemos a sus señales, en realidad también ocurre una comparación interna. De forma inconsciente. ¿Qué recibí yo en esos momentos? ¿Había alguien que me recogiera? ¿Alguien que me viera? ¿Alguien que me diera seguridad?
En este sentido, convertirse en madre no es solo asumir un nuevo rol, sino también un viaje al pasado. Nos reencontramos con nuestro niño interior, pero ahora con ojos adultos. Y ese cambio de perspectiva suele ser brutalmente honesto.

Lo que antes parecía “normal” de repente se vuelve cuestionable. Lo que antes encajaba, ya no encaja. Y lo que no permitiríamos con nuestro propio hijo, nos damos cuenta de que tampoco debería habernos pasado a nosotros.
Pero esto no solo duele, también libera. Porque mientras no nombramos lo que pasó, es difícil hacer algo al respecto. Pero cuando lo reconocemos —aunque sea solo para nosotros mismos—, ya tenemos un punto de referencia. Y entonces podemos hacer las cosas de otra manera.
La llegada de un niño pequeño es un gran desafío. Falta de sueño, estar siempre alerta, nuevas responsabilidades. Sería fácil decir que no hay “tiempo” para trabajar en nuestro pasado. Pero la realidad es que es cuando más fuerte llama a la puerta.
Y quizás no sea casualidad. Porque aunque enfrentar esas viejas heridas da miedo, también es una oportunidad. Una oportunidad para no repetir automáticamente lo que recibimos. Para ser padres más conscientes y sensibles. Y, tal vez por primera vez, para cuidarnos de verdad a nosotros mismos.
No tienes que hacerlo sola. De hecho, muchas veces no se puede. Pedir ayuda no es debilidad, es responsabilidad — contigo misma y con tu hijo.
Y quizás este sea uno de los regalos menos románticos pero más importantes de la maternidad: no solo acompañamos una nueva vida, sino que también reescribimos nuestra propia historia.











