Recuerdo una charla con mi abuelo durante mis años universitarios. En ese momento, todo sucedía a la vez. Trabajaba de día, estudiaba de noche, y la fecha límite para entregar mi tesis pendía sobre mí como una sombra, pero también me daba esperanza: cuando por fin la entregara, las cosas serían un poco más fáciles.
Le contaba a mi abuelo cuánto esperaba terminar la universidad. Que ahora era difícil porque tenía que rendir en el trabajo y en la escuela al mismo tiempo, pero una vez que lo lograra, todo sería más sencillo. Podría avanzar en mi carrera, no tendría que hacer dos cosas a la vez, y mi vida sería más tranquila.
Mi abuelo me escuchó sonriendo. Luego dijo:
“La gente siempre cree que al superar esto o aquello, habrá llegado a su destino. Pero luego aparece algo más, y piensas que solo tienes que superar eso. Solo esto, solo esto — decimos, y de repente nos damos cuenta de que nuestra vida ha terminado.”
Fue una lección importante, que creo me acompañará toda la vida, aunque confieso que me tomó años entender su verdadero mensaje.
Porque a los veinte años uno da por sentado que la vida va hacia algún lugar. Que hay etapas, y cuando una termina, finalmente llegamos a un estado más tranquilo y estable. Como si hubiera un punto donde todo encaja.
Entregas la tesis. Consigues tu primer trabajo serio. Ahorras algo de dinero. Encuentras un lugar para vivir. Las cosas se acomodan. Y al final de la lista está ese estado imaginado: cuando todo esté “listo”.
Me tomó años darme cuenta de que ese estado no existe
Entregas la tesis — y llega el estrés laboral. Tu trabajo se vuelve más estable — y aparecen nuevas responsabilidades. Algo se resuelve — y surge otro problema.
Cada etapa de la vida que antes parecía tan sabia y madura, está llena de preguntas cuando la vives. Solo puedes confiar en que en diez años quizás seas más sabio y tengas respuestas.

Pero la verdad es que siempre habrá algo. Algo que superar. Algo que resolver. Algo que te hace pensar: cuando supere esto, entonces finalmente…
Y si no tienes cuidado, es fácil quedar atrapado en ese pensamiento. Yo estuve atrapada por un tiempo. Durante años viví como si mi vida realmente comenzara en algún momento del futuro. Como si el presente fuera solo un período de espera que había que soportar.
Pero los años pasan. Y en algún momento uno se da cuenta de que ese “luego” nunca llega.
No creo que el mensaje de mi abuelo fuera que no persigamos nuestras metas o que no queramos avanzar. Sino que no esperemos para disfrutar la vida hasta que todo sea perfecto. Porque ese momento no llegará.
Siempre pasará algo. Siempre habrá una nueva tarea, un nuevo problema, un nuevo objetivo. Y depende de nosotros qué hacemos con nuestros días mientras tanto.
Los vivimos o solo los sobrevivimos. Dejamos que pasen sin más mientras esperamos que la vida esté “lista” — o aprendemos a disfrutar también la parte que está sucediendo ahora mismo.











