Llega el frío y las estanterías se llenan de frascos ámbar que prometen calidez. El problema aparece a la tercera prueba: casi todo huele a bizcocho. Vainilla, caramelo, praliné, leche con canela. Si eres de las que arruga la nariz ante cualquier cosa que recuerde a repostería, es fácil concluir que los perfumes especiados no son para ti. Y es un error, porque la especia tiene una cara seca, áspera y elegante que no tiene nada que ver con el postre.
No todas las especias son dulces: el mapa rápido
Conviene separar dos familias que se mezclan constantemente en el mismo cajón. Por un lado están las especias golosas: canela, anís, tonka, vainilla, clavo cuando va acompañado de azúcar. Son las que generan esa sensación de bollería caliente y las que te empalagan a la hora de llevarlas puestas.
Por otro lado están las especias secas: pimienta negra y rosa, cardamomo, cilantro, comino, nuez moscada, jengibre fresco, azafrán. Huelen a cocina de verdad, no a horno. Son punzantes, un poco polvorientas, y tienen un efecto curioso: abren la fragancia en lugar de cerrarla. Si en la descripción encuentras estas notas junto a maderas, incienso, vetiver, cuero o un toque cítrico, tienes muchas papeletas de que el resultado sea cálido pero nada azucarado.






