Pasa todos los años sobre estas fechas. Coges el frasco que te ha acompañado todo el verano, te lo pones por costumbre y a media mañana piensas: esto ya no me pega. No has cambiado de gusto en tres semanas. Han cambiado la temperatura de tu piel, la ropa que llevas encima y el tipo de días que tienes. El perfume no se lleva solo en la muñeca: se lleva sobre un contexto, y el contexto en septiembre es otro.
Por qué el mismo perfume huele distinto en septiembre
Las fragancias se evaporan con el calor. En verano, con la piel caliente y la ropa mínima, un cítrico ligero se abre enseguida, llena el ambiente y se va rápido; eso es exactamente lo que buscábamos en julio. Cuando bajan las temperaturas, esa misma fórmula se queda pegada a la piel y apenas se despliega: la percibes tú durante media hora y luego desaparece. De ahí la sensación de que el perfume de verano se ha vuelto soso.
Al mismo tiempo, tu armario ha cambiado. La lana, el algodón grueso y las chaquetas retienen el olor mucho más que una camiseta de tirantes, y eso hace que cualquier fragancia con fondo dulce o amaderado se note más y dure más. Es decir: el otoño no te pide necesariamente comprar, te pide reordenar lo que ya tienes y aplicarlo de otra manera.






