No soy religiosa. No voy a la iglesia, no rezo antes de dormir, y si me preguntaran, tampoco me llamaría espiritual. Sin embargo, si quiero ser completamente honesta, creo en algo. Creo que existen fuerzas, conexiones y leyes mayores que nosotros, aunque no tengan nombre, rostro ni enseñanzas claras.
Mi fe se mueve en el límite de lo desconocido para la ciencia. En ese espacio donde sabemos cuánto ignoramos. No entendemos bien qué es la conciencia, qué pasa después de la muerte, cómo influyen la presencia, energía, amor o incluso el daño entre dos personas. Y en esa incertidumbre no veo miedo, sino una oportunidad para creer.
Por ejemplo, creo que nuestra energía no desaparece sin dejar rastro. Que el amor recibido se transmite. Quizá no en destellos cósmicos o señales místicas, sino de formas mucho más cotidianas: en una frase, un gesto, un patrón educativo. Creo que quien fue tratado con amor tiene más chances de amar a otros. Y así, en cadena invisible, seguimos presentes en el mundo aunque ya no estemos.

Por eso la idea de la religión no me es ajena. Entiendo a quienes encuentran apoyo en una fe concreta. En un mundo incierto y a menudo caótico, es humano desear orden, un marco para interpretar y respuestas a “por qué me pasa esto”. También comprendo a quienes usan las enseñanzas religiosas como brújula moral y buscan ser mejores personas gracias a ello.
La fe, por sí sola, no es debilidad, sino un recurso.
Pero en las iglesias ya no puedo creer así
No porque todas las personas religiosas sean malas o porque no existan comunidades sinceras y solidarias. Sino porque las instituciones religiosas ofrecen demasiadas oportunidades para abusar del poder. Cuando una organización afirma ser la única intermediaria de una “verdad superior”, la línea entre guía espiritual y manipulación se vuelve muy delgada. La historia —y lamentablemente el presente— está llena de ejemplos donde la fe se usa para controlar, infundir miedo y explotar.

Otro problema es que la religión institucional a menudo distrae de la responsabilidad personal. De ese trabajo interior que nadie puede hacer por nosotros. Es más fácil seguir reglas, esconderse tras dogmas o apelar a una autoridad externa que enfrentar nuestra sombra, errores y retos de crecimiento. Pero creo que, si la religión tiene un sentido, es este:
el autoconocimiento, la compasión y el trabajo interior continuo no terminan porque fui a la iglesia el domingo y marqué mis responsabilidades.
Aun así, quiero dejar claro que no busco juzgar. Las iglesias pueden cumplir roles sociales importantes, ofrecer comunidad, apoyo y ayuda. Y respeto a quienes encuentran en una denominación la seguridad y sentido que necesitan.
Pero yo busco mi fe en otro lugar. No en instituciones, jerarquías ni dogmas. Sino en la bondad. En que el amor —llámese como sea— es lo suficientemente fuerte para seguir adelante. Y para eso, la guía puede ser útil, pero no es indispensable un templo —y quizás ni siquiera una religión.











