Gran parte de mi infancia la pasé junto a mi abuela. Vivimos juntas durante muchos años y, aunque muchos la veían como estricta, yo conocí esa faceta que se suavizó con el tiempo. Ya no tenía la dureza de su juventud, sino una profunda sabiduría que solo quien ha vivido mucho puede transmitir.
Ella era la abuela que todos quisiéramos: siempre tenía tiempo, no tenía prisa y su presencia hacía que uno se sintiera seguro. A veces, con solo una mirada o una frase, daba más que lo que otros podían ofrecer en una conversación entera.
Sabía que llegaría el día de despedirme. Durante nueve largos años la vi prepararse para ese momento. Aunque sabemos que es parte natural de la vida, el alma nunca está lista. Cuando se fue, sentí que una etapa terminaba en mí y creo que nuestra familia también lo sintió así.
El tiempo corre diferente cuando sabes que es limitado
Durante mucho tiempo pensé en la muerte como algo lejano, un tema del que no valía la pena hablar. Pero al enfrentarla a través de mi abuela, todo cambió. Entendí lo frágil que es la vida y lo rápido que se escapan esos días que creemos que podemos recuperar.

Mi abuela solía decir con tristeza: “Ya no tengo a nadie aquí”. Recuerdo que entonces no entendía bien qué quería decir. Estábamos nosotros, los nietos, los bisnietos, la familia que la amaba y era correspondida. Pero ahora, como adulta, comprendo lo que esa frase significaba. Cuando una persona pierde a su pareja, hermanos y amigos, y solo quedan las generaciones más jóvenes... no es extraño que la vida se sienta solitaria. Además, mi abuela perdió a uno de sus hijos, un dolor que para mí es inimaginable.
Herede una sensación completa de vida
La libertad y despreocupación de la infancia que sentía a su lado nunca las he vuelto a experimentar y probablemente ya no las reciba de nadie más. Cuando estaba con ella, todo parecía más ligero.
En muchos sentidos, ella era el corazón de la familia, aunque ahora sé que muchas cosas quedaron invisibles a mis ojos infantiles. Aun así, era el punto de encuentro al que todos regresaban. La familia se reunía con ella, y allí veía a parientes con quienes no nos encontrábamos en ningún otro lugar. Cuando se fue, sentí que el tejido familiar se aflojó. Desde entonces, no he vuelto a ver a muchos primos; la última vez fue en su funeral.
A veces me sorprendo citando sus palabras a mi hija o haciendo en la cocina los mismos gestos que ella. Sus movimientos viven en mí y me llenan de calidez cuando me doy cuenta.

Dejar ir, pero no olvidar
La despedida no es un momento único. A menudo siento su presencia cuando hay silencio a mi alrededor o cuando encuentro un trébol de cuatro hojas, como si me enviara un mensaje. Ya no veo su ausencia, sino su huella en todo.
Me enseñó que la pérdida es parte de la vida, pero no su opuesto. Que la muerte no separa, sino que nos conecta de otra forma. El duelo se transformó en gratitud: por haberla conocido, por crecer a su lado y por el amor que me dio, base sólida para seguir adelante. Porque el amor sobrevive a la partida.











